Artículo del número 24
LAS “CANDILADAS” DE AGUILAR DE CODÉS
Aguilar, capital del valle de Codés, villa situada en la falda meridional de la sierra del mismo nombre y distante unas cuatro leguas de Estella, mantuvo durante muchos años (prácticamente hasta la década de los 30 del pasado siglo) una entrañable tradición que, con la venia del lector, me propongo hoy evocar para que no caiga definitivamente en el olvido. Si así sucediera sería una lástima porque, como bien dijo Cicerón, “ignorar lo que ha pasado antes de nosotros es ser siempre niños” y los niños ya se sabe que no piensan más que en lo que actualmente hiera sus sentidos. De ahí el desconocimiento que tienen de las cosas de la vida y la necesidad de procurarles la mejor educación posible.
Hoy ya no quedan en Aguilar hilanderas, pero en tiempos fue esta una aldea en la que el trabajo de reducir a hilo el lino, cáñamo, lana y algodón, fue muy practicado por las codesinas. Desde tiempo inmemorial acostumbraban a reunirse a la hora del ocaso, y durante tres o más horas, en el corral de la casa de una de ellas para hilar y, al mismo tiempo, contarse con sencillez y gracia historias, leyendas y cuentos, tanto del propio Aguilar como de otras aldeas situadas a veinte leguas a la redonda. Estas reuniones nocturnas, que tenían lugar solamente en otoño e invierno, se celebraban todos los días de la semana excepto los domingos. Recibían el nombre de “candiladas” por reunirse a la luz de un candil y estaban protagonizadas por mujeres pertenecientes a clases no bien acomodadas. Gentes sencillas, pobres la mayor parte de ellas, que si se abrazaban a esta tarea era para sacar un dinerillo extra que les ayudase a sobrevivir.
Lo curioso de estas “candiladas” está en que se regían por una especie de estatutos que, sancionados por la costumbre, se respetaban de generación en generación con total escrupulosidad. Estos estatutos, normas o disposiciones, no estaban escritas. Su transmisión era estrictamente oral y, según un libro de texto publicado en 1926 para uso en las escuelas públicas de Navarra, las madres eran las encargadas de informar de ellos a sus hijas.
Los mandatos que debían cumplirse a rajatabla eran estos: que las reuniones no podían comenzar antes de las siete de la tarde ni prolongarse más allá de las doce de la noche; que las personas reunidas no podían exceder el número de veinte y ser todas del sexo femenino, permitiéndose sólo la asistencia de hombres con edad superior a los setenta años o inferior a doce; que, además de los trabajos de hilar, estaba permitido hacer escarpines (calcetines) y lásticas (elásticos, de lanza azul y con gallos encarnados en la pechera); que cada quince días había que “repartir el escote”, o sea, dar cada una de las asistentes dos cuatrenas para comprar el aceite que alimentaba el candil durante la quincena; que la dueña de la casa en la que se celebraba la reunión es quien debía proporcionar el candil con su torcida y un lecho de paja limpia para alivio de los pies de las hilanderas; que la más anciana de las reunidas era quien debía encargarse de atizar el candil; que estaban terminantemente prohibidas las conversaciones picantes, los gritos y el alboroto; que, si se contaban cuentos de brujas, no se podía hacer alusión alguna —ni de palabra ni con ademanes— a las ancianas flacas del pueblo; que sólo se podía cantar al principio de la “candilada” y por poco rato; que no se permitía más de una pajada en cada noche y que ésta debía tener lugar a última hora, justo cuando el candil expiraba; y que al empezar la primavera se cerraría la candilada con un chocolate que había de prepararse a costa de un escote extraordinario que no debería exceder de tres ochenas por barba.
La pajada era una batalla entre las reunidas consistente en lanzarse unas a otras puñados de paja hasta que la algarabía y la confusión reinantes recomendaba cesar en las fingidas hostilidades. La señal para terminar era que una de las reunidas amenazase con prender fuego a la paja valiéndose de las últimas llamas del candil. Concluida la batalla se daba por terminada la reunión. A anotar que la pajada no tenía lugar más que los días que eran víspera de fiesta.
Para la chocolatada se cocían dos libras de chocolate (el más barato posible). Una vez cocido se escanciaba en una fuente en la que se habían depositado gruesos sopicones. Colocada esta fuente sobre una mesa, las mujeres se sentaban formando círculo alrededor del tablero y despachaban el condumio con la cuchara que cada una de ellas había traído de su casa.
En cuanto a los cánticos que se permitían al principio de la candilada, ha llegado hasta nosotros la letra del que clásicamente y con más asiduidad se entonaba:
Estribillo
¿Úrsula, qué estás haciendo?
¡Ay, chica!, que estoy hilando
con el huso y con la rueca
cáñamo, cáñamo, cáñamo,
cáñamo, cáñamo,
cáñamo, cáñamo...I
La presente candilada
voy hilando el mejor cáñamo
pa tejerle a mi Chomin
la túnica de Jueves Santo.(vuelta al estribillo:
¿Úrsula, qué estás haciendo?, etc.)II
— ¿Para quién hilas, Carmenchu,
copo de lino tan blanco?
— Pa tejerle una mantilla
a la Virgen del Rosario.(vuelta al estribillo:
¿Úrsula, qué estás haciendo?, etc.)III
— ¿Qué piensas, buena Joshepa,
que al hilar estás llorando?
— Que han de ser estas madejas
la mortaja de mi Pancho.(vuelta al estribillo:
¿Úrsula, qué estás haciendo?, etc.)
Según testimonios recogidos en 1899 por un maestro de Pamplona llamado Agapito Martínez Alegría, la melodía que acompañaba a estos dejos de romance era “monótona pero cadenciosa, dulce y melancólica”. Es lógico que así fuera, pues la música que normalmente suele acompañar a los viejos cánticos populares responde de manera abrumadora a una serie de ritmos lánguidos y machaconamente repetitivos que cumplen muy bien con esa función creadora que se forja con aportaciones del pasado. Leonardo de Vinci avisó de que jamás debemos renegar de él y Gregorio Marañón escribió lo siguiente: “Hay un pasado que es sólo cementerio de la Historia. Hay otro pasado del que brota, en su hondura viva, el manantial del futuro. El hombre revolucionario acomete el error de confundirlos y abominarlos a la vez”. Pienso que las “candiladas” de Aguilar de Codés pertenecen al cementerio de la Historia pero que de ellas brota un manantial que, precisamente por pertenecer al pasado, proyecta ese hermoso rincón de Navarra hacia el futuro.