Artículo del número 26
CONSERVADORES Y PROGRESISTAS
Hace años, Fernando Lázaro Carreter nos prestó un servicio impagable señalando y corrigiendo los errores más extendidos en el uso del español. Una criba semejante merecen los tópicos del pensamiento, donde también abundan las corruptelas, origen de no pocas discordias y fanatismos.
Uno de ellos, repetidísimo y archifalaz, es la división de las posturas políticas y culturales en conservadoras o progresistas. La táctica es simple: se divide todo en lo antiguo y lo nuevo. Quien preserva lo antiguo es conservador y, como el pasado que tutela, está destinado a desaparecer. Quien, por el contrario, defiende lo nuevo, es progresista, y su triunfo es tan inexorable como el paso del tiempo y el advenimiento de tiempos futuros.
Este juego de palabras, plagado de equívocos, permite desacreditar al contrario con tan sencillo procedimiento como etiquetarle. Milagros del lenguaje: no hace falta pararse a pensar en lo que dice, ni detenerse a rebatir sus razones. Tan incómodo quehacer es suplido por el socorrido sambenito.
En España y Estados Unidos, los usuarios más complacientes de este tópico basculan a la izquierda, mientras que, en Dinamarca y en Noruega, el Partido del Progreso es de extrema derecha: como el engaño es ajeno a razones, puede usarse con fines opuestos. Por lo demás, a todo gallito, cualquiera que sean sus colores, le gusta ponerse la insignia de protagonista del futuro, máxime si no hay que justificarlo.
Lo más interesante de estas argucias banales son sus premisas. Ninguna mentira es convincente si no arropa sus vergüenzas con alguna verdad a medias, que le preste verosimilitud.
En este caso, la verdad destinada a parapeto es que cada mejora es un cierto cambio, y quien se empeña en conservar todo renuncia a cualquier avance. La cerrazón es inhumana, porque los hombres, en general, trabajan para su provecho, con lo que el resultado de millones de vidas a lo largo de siglos suele ser un cambio a mejor, un progreso. De hecho, la misma Historia demuestra que, en términos generales, hemos ido avanzando en esperanza de vida, en condiciones de bienestar y salud, en sistemas de comunicación, en las leyes y en las ciencias.
Existe, quién puede dudarlo, un progreso histórico, una creciente mejora en muchos aspectos de la vida. Pero esta verdad se desvirtúa cuando se universaliza, como es el caso de identificar lo nuevo con lo preferible: pues, si bien todo avance es un cambio, no todo cambio es un avance. Que haya progresos históricos implica que se alcanzan metas a las que no se debe renunciar, so pena de volver a las andadas. Precisamente porque se dan progresos, hay éxitos que merecen ser conservados, y cuya mejora debe ser su incremento, y no su sustitución. De otro modo, no habría una dirección que distinguiese el camino del progreso de la vuelta atrás.
Frente a esta evidencia, la falaz división entre conservadores y progresistas asume que no hay permanencia de los logros, sino una permanente revisión. Nada debe considerarse definitivo, pues un posterior análisis, situado a la altura de los nuevos tiempos, puede hallar indeseable lo que antes parecía un éxito. Para un progresista consecuente, sólo hay metas provisionales, nunca fines absolutos. Por ello, llegado un momento propicio, cualquier acuerdo se puede romper, cualquier derecho se puede violar, cualquiera afirmación se puede negar. No hay verdades incontestables ni derechos inalienables, salvo para hacer propaganda oportunista.
En la ideología progresista, los fuertes, los que saben, tienen derecho a cualquier estrategia provisional, pues la moral y la verdad, como todo, son temporales y caducas. Es una nueva modalidad del fariseo, raza al parecer inextinguible, cuyo superior conocimiento y alto cometido le parecen suficientes para justificar sus villanías. Pero, si todo criterio es caduco, ¿cuál es la regla para discernir el avance del retraso? ¿Cómo distinguir el progreso de una tardía reacción? Y ¿cómo arrogarse la posición de juez, si no hay derecho, pacto ni verdad perennes conforme a los cuales juzgar todo el curso de la Historia?
Éste es el dilema que el progresista, prisionero de sus propias premisas, es incapaz de resolver. Si hay un criterio para distinguir entre avance y retraso a lo largo de toda la Historia, ese criterio permanece, nunca caduca, y no todo lo pasado perece. Pero, si todo lo pretérito es sustituido, cualquier cambio es indiferente, no hay progreso hacia meta alguna, porque no hay dirección de avance.
Para soslayar este dilema, muchos progresistas confían en una misteriosa corriente histórica que mejora inexorablemente los tiempos. Es una herencia, consciente o no, de la Providencia cristiana, sustituida por otra impersonal, pero igualmente eterna y omnipotente. Ahora bien, mientras que los cristianos defendemos la existencia positiva del Creador y aducimos como prueba las huellas de Su obrar, los progresistas confían en algo que no pueden defender, porque para ellos no hay verdades que duren toda la Historia ni fuerzas que no sean caducas. Su confianza sólo puede ser ciega, porque estriba en una contradicción.
La única evidencia que el progresista puede aportar, y que ha sido de inmensa eficacia retórica, es la continua sustitución de lo antiguo por lo nuevo, fundamento de su peculiar interpretación de la Historia. En la mitología del progresismo, lo antiguo y lo nuevo son fuerzas permanentemente opuestas a lo largo de todas las épocas. Siempre hay mentalidades conservadoras y progresistas, de cuya lucha dialéctica nace el progreso. Las tesis defendidas por unos y otros van cambiando al renovarse los tiempos: lo defendido ayer por el progresista será después la postura del conservador más reaccionario, enfrentado a nuevas posturas progresistas, aún más radicales. De hecho, sólo el radicalismo modernista aseguraría una larga vigencia de las propias tesis que, aunque siempre caducas, tendrían el mérito de abrir paso a nuevas radicalidades, aún más audaces. La altura de los tiempos, el nivel histórico, permite hallar plausibles nuevas posturas que antes no lo eran. En la Historia, ninguna convicción perdura, sólo permanece la oposición de lo viejo y lo nuevo, de conservadores y progresistas.
Esta interpretación lineal de la Historia ha tenido notable éxito, porque es muy simple, fácil de entender y de aplicar ventajosamente. Mediante ella, no pocos han sido convencidos, con gozo o con pesar, del advenimiento inevitable de tendencias que se presentaban a sí mismas como abanderadas de un progreso inexorable: el marxismo o el nazismo, por ejemplo. El curso de los acontecimientos, sin embargo, demuestra que la presunción progresista es un farol dialéctico, y que, en estos casos, la ingenuidad no admite parvedad de materia.
En efecto: mirada de cerca, la Historia no es lineal. Las novedades, a menudo de signo opuesto, conviven largamente con las tradiciones y, de hecho, en la Historia hay más inercia que innovación. El motivo es que, como en la estrategia militar, la posición ganada es una ventaja importante, de manera que el statu quo tiende a influir mucho en el curso histórico.
Las revoluciones, paradigmas de esa sustitución inexorable que el progresismo supone, son excepciones en la Historia. Lo común es una reforma paulatina, basada en tradiciones previas. El devenir histórico tiene solera, se asemeja más al vino de Jerez que al de Rioja: no se produce año tras año, sucesivamente, sino que las añadas se van mezclando en la bota, donde siempre queda solera. Ha de ser así, pues los logros se añaden, no se sustituyen enteramente. Los bienes son siempre deseables y, si se puede, nunca quedan derogados.
La pugna permanente de lo antiguo y lo nuevo, axioma del progresismo, ni describe el sucederse histórico ni tampoco resiste el análisis de contenidos. Lo nuevo y lo antiguo designan posiciones relativas en el tiempo, pero nada indican sobre la permanencia o sustitución de las teorías o costumbres. Beber agua no es ni antiguo ni nuevo, sino permanente. Transcurre el tiempo, pero sin caducidad necesaria de lo que en él existe. Aquí la sinécdoque —denominar el contenido por su continente— nos juega malas pasadas. Llamamos con el mismo nombre, pasado, al tiempo pretérito y a lo que en él ocurrió. Por eso es fácil confundir el transcurso necesario del tiempo con el sucederse inevitable de las doctrinas y costumbres. La realidad, en cambio, es que nos resulta más fácil entender a un europeo del siglo XVII como Cervantes o Shakespeare que a un iraní contemporáneo como el ayatollah Jomeini, pues lo relevante es la cultura común, no la posición cronológica.
Los hechos y sucesos transcurren, como las vidas de los hombres. Las ideas y costumbres se renuevan pero rara vez hay rupturas completas. Nosotros mismos somos herederos de las culturas grecorromana, cristiana, semítica y germánica. Semejante mezcla es posible porque lo nuevo añade sobre lo antiguo, no lo sustituye. Es más: la mezcolanza puede ser coherente, como lo es la cultura europea, pues una novedad no tiene por qué ser contraria a sus precursores.
Es cierto que, a veces, una novedad sustituye al uso previo. Pero tampoco entonces es seguro que el cambio sea definitivo, como lo es el paso del tiempo. Una misma moda se reitera, como la coleta masculina, antigualla para el siglo XIX e innovación en nuestro tiempo. A veces, la misma moda hace novedad el retorno consciente a los usos preteridos, como, por usar otro ejemplo muy actual, los adolescentes llevan hoy zapatillas de deportes tal como se estilaban en los años sesenta. En otras ocasiones, lo novedoso es la renuncia absoluta a la modernidad en favor de un pasado antiquísimo, previo incluso a la Historia humana: por ejemplo, la lucha ecologista por recuperar una Naturaleza no afectada por la cultura ni por la técnica.
En un orden de las cosas mucho más polémico, la legislación contemporánea sobre el aborto, la homosexualidad o el divorcio se parece mucho más a los usos de la antigua Grecia que a los de nuestros tiempos recientes. Sin entrar a valorar ahora la oportunidad de dichas leyes, difícilmente encajaría en el esquema lineal de la Historia un hipotético avance progresista hacia mentalidades muy pretéritas.
Para valorar objetivamente una postura política o cultural, nada ayuda su posición en el tiempo, antiquísima o reciente. El peso de las doctrinas y costumbres es intrínseco a ellas mismas, no se encuentra en ningún calendario. A lo más, algunas circunstancias accidentales deberían tomarse en cuenta: su relación con otras teorías u otros usos dominantes en cada tiempo, la experiencia histórica de sus frutos, o su difusión mediante tradiciones sociales, por poner algunos ejemplos. Mas todo ello sólo indica oportunidad, no verdad o falsedad en las doctrinas, ni bondad o maldad en las acciones.
La etiqueta de conservadores o progresistas, extendido subterfugio para la pereza mental, debiera arrojarse al arcón de los trastos deshechos. Otros muchos tópicos hay que deberán ser repensados, para ver si merecen la misma suerte.