Artículo del número 27


EL CASTILLO DE JAVIER, SOLAR Y CUNA DEL SANTO

En Navarra no hace falta explicarle a nadie dónde está el castillo de Javier. Todo navarro —haya o no peregrinado en la Javierada— sabe que se puede llegar a él por dos caminos: bien desde Sangüesa, por una carretera que se toma junto al convento de los PP. Capuchinos, o bien por otra que de Liédena se dirige hacia Yesa. Hoy no existen otros edificios que el castillo, el colegio de los Jesuitas, la iglesia parroquial con la antigua casa abacial aneja y un hotelrestaurante. El pueblo, el modesto lugar de señorío que en otro tiempo existió delante de la histórica fortaleza, se trasladó a un nuevo emplazamiento, no muy distante, al comienzo de la década de los sesenta.

El primitivo castillo se reducía en sus remotos orígenes, que se remontan a los siglos IX y X, a una simple torre o atalaya, cuya misión era entonces más de vigilancia que propiamente defensiva. Con anterioridad existió otra torre más antigua, de probable abolengo romano, en el punto denominado el Castellar, a cierta distancia del castillo actual.

Tras la separación de los reinos de Navarra y Aragón en 1134, Javier quedó convertido en un pequeño enclave aragonés que debía controlar la vanguardia de la nueva línea fronteriza. El señor que lo poseía en feudo allá por el año 1217, don Ladrón Périz, lo empeñó por primera vez al rey Sancho el Fuerte, que tenía justa fama de financiero y prestamista. En 1223 pertenecía al infante don Fernando de Aragón, quien en ese año lo cedió por segunda vez al monarca navarro, en garantía de un préstamo de 9.000 sueldos que le había hecho en un momento de necesidad. Como pasado el plazo no pudo restituir aquella suma, el castillo quedó en poder de don Sancho y pasó a ser a partir de entonces una posición avanzada, que ya lo era anteriormente, pero esta vez ya no de Aragón sino de la frontera oriental del reino de Navarra.

A la muerte de Sancho el Fuerte, su sucesor Teobaldo I de Champaña, mediante el acostumbrado pleito-homenaje según Fuero y uso de la época, encomendó el castillo en 1236 a don Adán de Sada, y después de él, en 1252, le confirmó la cesión a su sucesor Martín Aznárez de Sada, en permuta por el lugar de Ordoiz y algunas otras posesiones que dio al rey aquel caballero. En 1281, Gil Martínez, hijo de don Aznar de Sada, prestó homenaje a la reina doña Juana por el castillo y villa de Javier ante Guerín de Amplepuis, gobernador de Navarra. En 1303 lo prestó su sucesor Aznar Martínez de Sada, ante el gobernador Alfonso de Robray, y en 1329 lo hizo a su vez don Rodrigo Aznárez de Sada ante los reyes don Felipe y doña Juana, a cuenta del pago de una renta o mesnada de cuarenta libras anuales.

Durante las guerras banderizas que ensangrentaron los campos de Navarra a mediados del siglo XV, el castillo se declaró por el bando beaumontés, partidario de la causa del Príncipe de Viana, frente a su despótico y ambicioso padre, Juan II de Aragón, por lo que en 1455 sufrió el ataque de las huestes del temible mosén Pierres de Peralta. Unos años después, en 1474, el castillo y el lugar pertenecían a doña Juana Aznárez de Sada, que casó con don Martín de Azpilcueta, señor del palacio del mismo nombre en el valle de Baztán. Su hija doña María de Azpilcueta y Aznárez de Sada casó a su vez con el doctor don Juan de Jaso, oidor del Consejo Real. De este matrimonio nacería en 1506, en uno de los aposentos del castillo, Francisco de Jaso y Azpilcueta, conocido universalmente como San Francisco Javier, el infatigable Apóstol de Oriente, Patrono de las Misiones y Patrono de Navarra.

En torno a la torre primitiva, llamada de San Miguel y también la Torraza, —la del homenaje— se fueron añadiendo en sucesivas fases, entre los siglos XIII y XV los distintos recintos que han ido poco a poco configurando la actual estructura del castillo. En una primera y tímida ampliación, que algunos autores sitúan en el siglo X y otros en el XI, se le adosó a la torre el reducido núcleo que la envuelve, integrado por la capilla de San Miguel y el llamado Cuarto del Santo. Posiblemente en el siglo XIII, o lo más tarde en torno al año 1300, debió de construirse el polígono delantero, de planta trapezoidal, en cuyo interior se hallaban situadas las dependencias de la antigua residencia señorial, entre ellas la conocida hoy como Sala Grande. El perímetro se completó, en los siglos XIV y XV con el añadido de la torre llamada de Undués, de planta poligonal o achaflanada, con sus almenas, saeteras, ladroneras y matacanes voladizos en las esquinas, apoyados sobre modillones, y con el polígono zaguero o trasero, de planta casi semicircular, que terminó de configurar la estructura en torno al patio de armas, y en el que se hallaban situadas las dependencias que podríamos llamar de servicio: bodegas, graneros, trujales y caballerizas.

Entre la mencionada torre de Undués y el polígono delantero se abre la puerta principal, un arco apuntado de grandes dovelas, con una interesante labra heráldica colocada encima de la clave y defendida por una buharda o ladronera sostenida por cuatro modillones. La triple labra heráldica ostenta en el centro el escudo de armas del noble solar de Javier, flanqueado por las figuras de dos ángeles, a su diestra el escudo cuartelado de los linajes de Jaso y Atondo, y a la siniestra el también cuartelado de los Aznárez de Sada y Azpilcueta. Esta bella y rara piedra armera, que data sin duda de los últimos años del siglo XV, corresponde al doctor don Juan de Jaso y Atondo, oidor del Consejo Real de Navarra, y a su mujer doña María de Azpilcueta y Aznárez de Sada, señores del castillo y padres de San Francisco Javier.

Al otro lado del polígono delantero, contigua a la fachada de la basílica neogótica consagrada e inaugurada el 19 de junio de 1901, se levanta la torre llamada del Cristo, de planta semicircular, que alberga en su interior la primitiva capilla del castillo, con sus patéticas pinturas murales de la Danza de la Muerte, fechables en la segunda mitad del siglo XV, que aparecieron en el curso de las obras de restauración y constituyen una joya artística de época medieval única en España. De la imagen gótica del Crucificado que preside la capilla, refiere una antigua tradición —recogida ya por el P. Alesón en los Anales de Navarra— que sudó sangre en varias ocasiones, mientras San Francisco Javier agotaba su vida en el lejano Oriente, entre las fatigas y penalidades de su predicación apostólica.

En el momento de la conquista de Navarra por Fernando el Católico en 1512, los dueños del castillo se mantuvieron leales a los reyes legítimos, Juan de Labrit y Catalina de Foix, lo que les acarreó continuos disgustos y problemas con las nuevas autoridades castellanas. En 1516, por orden del Cardenal Cisneros, Regente a la sazón de Castilla, fue arrasada la barbacana o recinto exterior que rodeaba la fortaleza. Las torres fueron desmochadas y la del homenaje rebajada casi a la mitad de su altura. Matacanes y almenas fueron echados por tierra, tapiadas las saeteras y cegado el foso con los propios sillares y materiales resultantes del derribo. Más tarde declararía el duque de Nájera, entonces virrey de Navarra, que el cardenal le ordenó llevar a cabo «la demolición de la casa toda entera, y sin embargo se reduxo a demoler la parte fuerte de ella; el resto, según contaron los mismos que hicieron la dicha demolición, fue conservado para que lo pudieran habitar». Era lo que entonces llamaban los ingenieros militares desportillar un castillo o hacer casa llana de una casa fuerte, como era la de Javier.

Después de su inutilización como castillo, el antiguo solar conoció una nueva etapa de su devenir histórico, ajeno ya a hechos de armas y campañas militares. En los primeros años del siglo XVII pertenecía a los vizcondes de Zolina, que unían a ese título el de señores de Javier. En 1625, al tiempo de la canonización del Santo, el rey Felipe IV hizo merced del nuevo título de conde de Javier a don Juan de Garro y Javier, vizconde de Zolina. El antiguo castillo, despojado de sus elementos defensivos, mantuvo la calidad y honores de palacio de cabo de armería, y como tal figura ya en una relación del año 1637. Según se puede ver en el antiguo armorial del Reino de Navarra que custodiaba antiguamente el Consejo Real, el escudo de este noble solar es de gules, con un creciente renversado de plata bordeado por un jaquelado de dos series de plata y sable; faja de dos series de jaquelado de lo mismo y campo de plata.

Entre los visitantes ilustres que pasaron por el castillo en la época anterior a la restauración, se cuenta el arqueólogo, historiador y académico don Pedro de Madrazo, quien en el tomo II de su conocida obra Navarra y Logroño, publicada en 1886, incluyó una curiosa descripción, tanto del exterior como del interior, siguiendo las notas y apuntes que tomó en una visita que realizó a Javier, acompañado del escritor y erudito navarro don Juan Iturralde y Suit.

En mayo de 1896, la entonces Duquesa de Villahermosa y Condesa de Javier, Excma. Sra. Dª María del Carmen de Azlor y Aragón e Idiáquez, gran devota del Santo Patrono, emprendió una total restauración del castillo, que vino a alterar, cuando no a falsear, numerosos elementos constructivos que habían llegado a esa época deteriorados, pero que permanecían in situ desde la época medieval. El arquitecto restaurador, don Ángel Goicoechea, discípulo de Madrazo y del marqués de Cubas, siguiendo los deseos de la ilustre propietaria, hubo de modificar sobre la marcha en varias ocasiones —casi siempre a peor— el proyecto original, basado en los criterios historicistas de la época, pero bien documentado y asesorado por el erudito académico don José Ramón Mélida. Como obligado contrapunto de aquella restauración, se erigió, impropiamente adosada a la fábrica medieval, una costosa basílica de estilo neogótico, con una torre-campanario almenada, más alta que la del homenaje, y una cripta para enterramiento de los duques. La nueva iglesia vino a reemplazar a otra más modesta y reducida de dimensiones, construida en el siglo XVII, que ocupaba el emplazamiento del desaparecido Palacio Nuevo, una especie de anexo que le fue añadido al castillo a finales del siglo XV para proporcionar algo más de comodidad y holgura a la familia propietaria, en una de cuyas cámaras nació San Francisco Javier.

A partir de 1952, bajo la dirección del castellólogo jesuita P. José María Recondo, fallecido hace pocos años, se realizaron importantes obras de restauración —o como él solía decir, de contrarrestauración respecto a la de 1892— que devolvieron en buena parte al maltratado castillo su ya casi perdida fisonomía medieval. Los trabajos fueron precedidos por una meticulosa campaña de excavación, basada en importantes datos recogidos en la documentación del siglo XVI, que dio como resultado la exhumación y recuperación de las dos puertas exteriores, con su barbacana y foso, que, un tanto recompuestos, pueden verse en la actualidad y son lo primero con que se topa el visitante. En la excavación aparecieron también cerámicas variadas, puntas de flecha, herrajes y otras diversas piezas de interés arqueológico.

A lo largo de los dos últimos años, con vistas a la conmemoración del quinto centenario del nacimiento del Santo, los servicios técnicos del Departamento de Cultura-Institución “Príncipe de Viana” del Gobierno de Navarra, han llevado a cabo importantes obras de restauración y acondicionamiento en el castillo, que constituyen un motivo más, entre otros muchos, para realizar una visita detenida y sosegada al noble solar en el que vio la luz el navarro más ilustre que ha dado este antiguo Reino.

J. J. Martinena Ruiz

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