Artículo del número 28


ELOGIO DE LA AMISTAD

Conferencia pronunciada por Faustino Corella Estella el 16 de febrero de 1956 en el Ciclo Extraordinario de Conferencias Culturales organizado en Pamplona por la Asociación de Antiguos Alumnos Salesianos.

Señoras y señores:

Suele decirse que los estudiantes y los labradores sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena y, mira por dónde, aunque durante estos últimos días no ha tronado, yo también he puesto mis ojos en ella. La razón del recordatorio fue el compromiso contraído para hablarles a ustedes de la amistad y la incertidumbre de si el tema elegido podría resultarles suficientemente atractivo como para captar su atención, y pasar un rato entretenido. Por cierto, la incertidumbre me trajo a la memoria lo sucedido con aquel sujeto que, recién salido del agua calado hasta los huesos, al acercársele todo el mundo para felicitarle ante el rasgo heroico de haber salvado a un individuo que se había caído al mar mientras paseaba por el puerto, replicó conteniendo a duras penas su enojo: «Me gustaría saber quien ha sido el canalla que me ha empujado».

Les cuento esto porque no lo notarán, pero aquí me tienen ustedes, empapado en nervios y calado de preocupación hasta los huesos, preguntándome la razón de haberme metido en este compromiso y sí sabré dejar en buen lugar a la Asociación de Antiguos Alumnos Salesianos que ha organizado este bien compuesto ciclo de conferencias. Para calmar la intranquilidad he evocado en mi interior la experiencia que, a fin de cuentas, me proporciona la diaria obligación de dirigir la palabra a los chicos de la Escuela de Comercio en la clase de Literatura. Eso no deja de ser un buen entrenamiento, pero no vale para disipar del todo la preocupación por no saber si seré capaz de sostener la atención de ustedes. Comprendan que hacerse con la de los alumnos no es muy difícil, ya que a una mala se cuenta con la amenaza del suspenso a fin de curso; pero hacerse con la de un auditorio culto y exigente, como no es aventurado presumir del auditorio ante el que me hallo, resulta harina de otro costal. Por tanto, permítanme decir con toda franqueza que si alguno de ustedes sospecha que esto no va con él sabe que puede, si lo desea, levantarse ahora mismo o cuando le venga en gana, abandonar el salón y marcharse. Nadie se va a agraviar por ello, pero, eso sí, ruego procure salir evitando no molestar a quienes demuestren más aguante.

Bien. Basta de exordio y entremos en materia.

Comenzaré diciendo que a mí me obsesiona el tema de la amistad y que me daría por satisfecho si esta noche disfrutan ustedes con él. Mis entrañables amigos y excelentes escritores José María Iribarren e Ignacio Baleztena, que han tenido la deferencia de venir a escucharme, saben que, cuando de dar una charla se trata, comparto con ellos una ansiosa preocupación por evitar las tabarras, pelmadas y pesadas elucubraciones con que alguna que otra vez suele obsequiar alguno que otro orador al respetable público. Así, pues, ustedes tranquilos. El tema de la amistad se presta a ser tratado desde un punto de vista filosófico y moral, pero sé de sobra que, si así se hace, se corre el riesgo cierto de abrumar a la audiencia con un estupendo rollo de recias proporciones. Para evitar el posible tostón, yo he optado por echar mano de otro enfoque: valerme de la literatura y de los poetas, puesto que raro es el que no ha exaltado ese admirable sentimiento del que, cuando es verdadero, se sacan muchos bienes y grandes consuelos? que no vienen mal en la vida. A la pregunta ¿qué es la amistad? cabe responder que es un afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace en el corazón y se fortalece con el trato. Ahora bien, hay que apresurarse a aclarar que una cosa es la amistad y otra los amigos. En este mundo no todo el monte es orégano y, como más de uno podría testificar, resulta complicado encontrar un amigo verdadero. De hecho, es más fácil hallar alguien que llore con nuestras tristezas que alguien que se alegre con nuestras alegrías. ¿Saben ustedes por qué sucede así? Porque para lo primero basta con tener buenos sentimientos, mientras que para lo segundo, además de buenos sentimientos, es necesario tener verdadero interés por el prójimo que tenemos delante. Cuando una desgracia nos aflige, no faltan quienes llevados por un loable sentimiento nos exhortan a sobreponernos a ella con entereza (suelen ser personas con buena intención, que muy posiblemente hasta se compadezcan de nuestra desventura? aunque por lo regular no les afecte en absoluto la calamidad en que estamos metidos), pero los amigos de verdad, lejos de aconsejarnos y repetirnos que debemos tomar la vida con filosofía, se unen sinceramente a nuestro dolor, comparten en la medida que les es posible nuestra adversidad, lloran con nuestras mismas lágrimas y sienten con nuestro mismo dolor, dándonos auténtico consuelo.

Generalmente, la amistad, al menos tal como por desgracia la entienden hoy día algunos, no pasa de ser más que un sentimiento egoísta. Alguien dijo (un escéptico, sin duda) que la amistad es un contrato por medio del cual nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes. Quien comulgue con esta definición no aplica bien la palabra amigo, empleándola sin cuidado y muy a la ligera. Compárese, si no, esa lapidaria definición con aquella anécdota del moribundo que en un momento de lucidez en su agonía, al ver gran cantidad de personas en su habitación, murmuró al oído de su amigo más íntimo que se hallaba a la cabecera del lecho: «¿Por qué hay tanta gente en el cuarto? Sólo deberías estar tú. Al fin y al cabo, hay que tener en cuenta que mi enfermedad es muy contagiosa». El moribundo tenía muy claro el concepto de amistad. Tan claro como aquel requeté de Cirauqui que, según me contaron, en la desgraciada guerra civil de 1936 protagonizó la siguiente anécdota: Acababa de tomarse la ciudad de Barcelona y unos cuantos combatientes se hallaban calentándose en torno a una hoguera. En esto se acercó un compañero al que le tenían todos muchas prevenciones por su carácter extraño, y por ser ?además? un gorrón y un aprovechado. Para entrar en ambiente, se dirigió al de Cirauqui y le saludó con un «¡Qué hay, amigo!» El navarro, tras dedicarle una seria y digna mirada, le contestó «Amigo, no; conocido y gracias». La contestación fue magnífica, noble y acertada, porque solemos ser muy ligeros en dar y recibir el título de amigo. Sin duda, de ahí viene el escepticismo de la gente y el desgarrón de muchos desengaños. Un amigo es una persona a la que le podemos confiar nuestras cosas y abrir de par en par las puertas tanto de nuestra casa como de nuestro corazón. La exigencia no es pequeña y cabe preguntarse: ¿es posible, pues, que exista la amistad? La respuesta es que sí, que existe sin duda alguna. Para convencernos basta con encerrarnos un poco dentro de nosotros mismos y examinar las necesidades que descubrimos en el alma. Ya un autor anónimo del siglo XIV, quizás influenciado por el proverbio turco que habla de que «la montaña no se acerca a otra montaña, pero el hombre se acerca a otro hombre», escribió que «el hombre se ha hecho para tener amigos». En esa línea de íntimo examen, Cicerón advirtió que «vivir sin amigos no es vivir», Aristóteles sentenció que «la amistad es un alma que habita en dos cuerpos y un corazón que habita en dos almas», el filósofo inglés Bacón de Berulamio manifestó que «no hay soledad más triste y afligida que la del hombre sin amigos, porque sin ellos el mundo es un desierto» (rematando el pensamiento con el añadido de que «quien es incapaz de amistad tiene más de bestia que de hombre») y la poesía árabe exhaló su más dulce aroma al concluir que «la vista de un amigo refresca como el rocío de la mañana». ¿Cabe, pues, poner en duda la existencia de la amistad?

Admitido el hecho, fijemos la atención en alguno de los asertos que se han hecho de ella. Cicerón, por ejemplo, en su clásico y famoso libro titulado «Diálogos», dice: «La amistad es un perfecto acuerdo sobre todas las cosas divinas y humanas, junto con un sentimiento recíproco de benevolencia y afecto». Platón, autor de otros «Diálogos» no menos conocidos y famosos, manifiesta lo siguiente: «La amistad es el perfecto acuerdo entre dos seres igualmente entusiastas el uno por la felicidad del otro; entusiasmo que se mantiene por la uniformidad de las costumbres». Y, para no cansarles en demasía, fijemos por último la atención en lo que escribió el Barón de Holbach: «La amistad es una asociación formada entre las personas que se profesan mutuamente un cariño más particular que el que se profesan el resto de los hombres».

Es incuestionable que pueden darse diferentes grados de amistad, pero todos ellos giran y se resumen en torno a tres tipos: la «amistad corriente», la «amistad estética» y la «amistad ética». La amistad corriente es el primer peldaño de la amistad. Constituye una forma elemental, de rango inferior, en la que se persigue como objeto principal la conveniencia o interés propio supeditando a él los recursos que se tienen a mano. La amistad estética es el segundo peldaño. Aquí interviene ya la pura complacencia o la concurrencia, más o menos frecuente, a unos mismos sitios de trabajo (la oficina, el taller, la fábrica, el despacho profesional?) o de recreo (club, asociación, cuadrilla, etc.) La amistad ética es el tercer peldaño y a ese es al que quisiéramos llegar todos. Es la amistad propiamente dicha, la que se busca, la envidiable, la feliz, la amistad en la que hallamos esa persona íntimamente unida a nosotros por los vínculos del espíritu y del afecto. Como dijo La Bruyère, es «esa amistad pura que sabe de placeres que nunca podrán gozar las almas mediocres».

Quizás porque la verdadera amistad no es fácil de conseguir, se ha venido hablando de ella desde siempre. Los testimonios nos llegan desde los tiempos más antiguos. Los griegos representaron a la amistad en la figura de una joven vestida con una túnica sujeta con broches, la cabeza desnuda, una mano puesta sobre el corazón, otra apoyada en un pequeño olmo herido por el rayo y al que se le enrosca una cepa cargada de racimos. El olmo representaba el infortunio de quien no tenía amistad y la vid la dulzura de los consuelos que proporciona la amistad encarnada en la joven. Los romanos también representaron la amistad valiéndose de una joven vestida sencillamente con una túnica blanca, coronada de mirto y flores de granado, la garganta medio desnuda, sosteniendo en su mano izquierda dos corazones encadenados y señalando su pecho con la mano derecha para mostrar una frase escrita en su corazón que decía: de cerca y de lejos (es decir, en toda ocasión). Sobre su frente figuraba la leyenda invierno y verano (o sea, en todo tiempo) y en la franja de la túnica había escritas también estas palabras: muerte y vida (es decir, siempre).

Desde aquellos lejanos tiempos hasta nuestros días han sido muchos los filósofos, moralistas, escritores y poetas que con sus ensayos, sus consejos, sus anécdotas y sus versos, no han cejado en hablar de la amistad. Por tanto, no es aventurado convenir en que la amistad no es un sentimiento cualquiera y que, en el fondo, constituye una cosa muy seria. Haríamos bien en no olvidar lo que dijo Plutarco: «Nuestro empeño de tener muchos amigos estorba más de lo que creemos para conseguir uno bueno y verdadero». Y es que en la amistad, como en cualquier otra cosa de la vida, no faltan falsificaciones e imitaciones. Esto ha dado lugar a una proliferación de ironías, burlas y sarcasmos. Por ejemplo: «Los amigos de ocasión se parecen a los perros de la calle, que te siguen y mueven la cola mientras les eches pan» (proverbio turco). «Si la amistad pretendes / que sea durable, / visita a los amigos / de tarde en tarde» (canto popular). «Amistad de verano: sol de invierno y sombra de chopo» (proverbio ribero). «La mayoría de los amigos son como los relojes de sol, que sólo sirven si hace buen tiempo» (proverbio aragonés). «Si quieres saber cuántos amigos tienes, ¡procura arruinarte!» (proverbio catalán). Bueno, en resumidas cuentas, ¿acaso no oímos muchas veces decir por ahí que «los amigos son para las ocasiones»?

Sin embargo, todas esas frases y sentencias son consecuencia de confundir campechanía, fórmulas sociales, euforia de un momento, con el delicado sentimiento de la amistad. Yo creo que el mejor ejemplo de amistad verdadera y exquisita lo tenemos en Jesucristo. De ordinario, el Señor obró con arreglo a su naturaleza humana y gracias a eso le vemos sometido al trabajo, sintiendo hambre después del ayuno en el desierto?, y sabiendo ser verdadero amigo. Unos días antes de su Pasión se produjo una de las escenas más admirables del Evangelio y uno de los milagros más estupendos. Me refiero a la resurrección de su amigo Lázaro. Todos ustedes conocen la historia, pero déjenme llamar su atención sobre lo que dice San Juan que sucedió cuando le llevaron al lugar donde estaba enterrado: «Entonces a Jesús se le arrasaron los ojos en lágrimas (?) y finalmente, prorrumpiendo en nuevos sollozos que le salían del corazón, vino al sepulcro, que era una gruta cerrada con una gran piedra» (11, 35-38).

Otro ejemplo admirable de amistad, éste de ambiente pagano, lo dio Alejandro «el Magno». A causa de haber tomado un baño en las frías aguas del Cidno estando muy sofocado, la vida de Alejandro se consideró en grave peligro. Los médicos no se atrevían a administrarle droga alguna y sólo Filipo de Acarnania, amigo de infancia de Alejadro, compuso cierta bebida cuyo poderoso y saludable efecto debía producirse inmediatamente. Mientras ésta se preparaba llegó a poder de Alejandro una carta de Parmenión, en la cual le aconsejaba desconfiar de Filipo, por estar secretamente entregado a Darío, que con un ejército considerable venía a su encuentro, y de quien podía esperarse un atentado contra la vida del rey con la complicidad del falso amigo. Alejandro, sin manifestar emoción alguna, apuró la copa de un trago, entregando simultáneamente a Filipo la carta acusatoria, cuya falsedad quedó pronto demostrada. El recuerdo de esta copa quedó también como símbolo de la fe profunda y absoluta confianza que puede ponerse en una amistad. Comentando este episodio, el sabio cardenal don Isidro Gomá, quien tuvo a bien brindarme una cordial y gran amistad, me dijo que «un buen amigo es una especie de prolongación de uno mismo, una mitad de la propia alma, y eso que ni uno ni otro conocían la amistad con el condimento de la caridad cristiana». Diego Saavedra y Fajardo, el clásico del siglo XVI, dice de la amistad que, cuando es verdadera, supone «el mayor bien que tienen los hombres» y hace este símil: «es tan segura como la espada; siempre al lado, en la paz y en la guerra». Montaigne señala que «cualquier virtud sólo necesita un hombre, pero la amistad necesita dos». Baltasar Gracián, advierte: «Para enemigo vale cualquiera; no así para amigo. Pocos pueden hacer el bien; en cambio, el mal casi todos». Quevedo, el gran Quevedo, dice con su filosofía y su gracia que «el amigo ha de ser como la sangre, que enseguida acude a la herida sin esperar a que la llamen». Tirso de Molina, uno de los mejores dramaturgos de nuestro Siglo de Oro, en una de sus comedias pone en boca del protagonista quejas por lo que cree mal comportamiento de un amigo. Este se duele que piense así y termina su parlamento con esta redondilla:

Si lloras, lloro contigo;
alégrame tu contento;
lo mismo que sientes, siento;
¿y me llamas mal amigo?

 

Dejemos las citas y veamos ahora cómo ha inspirado el tema de la amistad a varios de nuestros poetas. No me voy a referir a las dedicatorias en verso hechas como atención y homenaje a una persona, pues eso es frecuentísimo en todas las épocas y en todos los escritores. Sobre esto he pensado algunas veces que, si los ricos repartiesen sus dineros como los poetas sus versos, no habría problema alguno en la distribución de la riqueza. En donde voy a fijar la atención es en cómo la amistad ha servido de motivo a poesías que hoy nos acarician el corazón con sus palabras, sus ideas y sus observaciones. Es una prueba más de la importancia que tiene el tema de la amistad. ¡Si será importante que el rey Alfonso X «el Sabio» le dedicó en su Libro de las Siete Partidas nada menos que toda la Partida IV, consagrada a hablar, regular, y dar normas y leyes sobre la conducta de los hombres por razón de la amistad! A mayor abundamiento, ahí está el gran filósofo mallorquín Raimundo Lulio y su libro titulado «Cantar del amigo y del amado», que constituye, más que un tratado, una inefable exaltación de este tema.

Pero, bueno, centremos la atención en esa gran figura de nuestras Letras, príncipe de los poetas españoles y gran renovador de la lírica española, llamado Garcilaso de la Vega. Fue el iniciador de un gran cambio en el estilo y modo de nuestra poesía que alcanzó incalculable trascendencia. Este personaje, por donde quiera que se le mire, aparece como hombre de una personalidad arrolladora. Forma con el poeta Juan Boscán la gran coyuntura del Renacimiento literario en España y ello se debe precisamente a la amistad íntima y edificante que unió a los dos. Es imposible imaginarlos por separado, pues son unos amigos que se están comunicando sus impresiones y proyectos continuamente, se animan y se ayudan en todas las empresas con un desinterés y entusiasmo asombrosos. Fruto de esa intimidad y cariño son los sonetos (abundantes y maravillosos), las églogas, canciones y epístolas, que hoy se nos muestran como verdaderas joyas de nuestra literatura nacional.

Gracilaso fue un castellano de Toledo y apuesto militar que vivió en los tiempos de capa y espada, armas y letras, y que estuvo muy bien visto por las damas. Se paseó por las calles de Pamplona cuando tenía veinte años, pues vino aquí a tomar parte en la campaña de Navarra contra los franceses cuando estos cercaron Fuenterrabía. Aquí, en Pamplona, recibió el hábito de la Orden de Santiago, cuya investidura de caballero tuvo lugar en la parroquia de San Agustín (entonces, convento de religiosos de esa Orden). En la segunda égloga, que es la más extensa, narra los amores de Albanio con Camila, cuenta cómo aquél pierde la razón y cómo le auxilian sus amigos, los pastores Salicio y Nemoroso. En hermosos tercetos cuenta la historia de sus amores con Camila y, ante el relato angustioso, Salicio quiere consolarle pero Albanio le interrumpe:

Albanio:
Salicio, amigo, cese este lenguaje;
cierra tu boca y más aquí no la abras;
yo siento mi dolor, y tú mi ultraje.

Mas ¿para qué tan magníficas palabras?
¿Quién te hizo filósofo elocuente,
siendo pastor de ovejas y de cabras?

Salicio:
Ruégote que tu mal quieras contarme
porque yo pueda de él entristecerme
cuanto suelo, del bien tuyo, alegrarme.

Albanio:
Ya que de ti no puedo ofenderme,
yo tornaré a mi cuento cuando hayas
prometido concederme una gracia;
que, en oyendo el fin, luego te vayas,
y me dejes solo llorar mi desventura
entre estos pinos y estas hayas.

Salicio:
Aunque pedir tú eso no es cordura
yo seré amigo como tú quieres
y haré lugar a tu tristura.

Sigue la narración con la angustia del que no es complacido, llegando en su excitación a la locura y teniendo que cuidar del desgraciado los amigos Salicio y Nemoroso. En fin, entre los magníficos sonetos donde canta y cuenta sus andanzas amatorias, hay algunos dedicados expresamente a sus amigos pero los pasaremos por alto para no convertir esta charla en un recital.

Pasemos a Juan Boscán, del que se ha dicho no haber «nada tan perfecto como su amistad con el inefable toledano, nada tan sólido como los nudos que sujetaban sus almas». Y es que la comunicación entre ellos, directamente o por escrito (en realidad se dio más por carta que de palabra) siempre fue y se mantuvo cordial, ininterrumpida, con una nobleza y un espíritu que ha quedado como ejemplo. La mejor demostración de esa sólida amistad puede apreciarse con motivo de la muerte de Garcilaso. La desolación que produjo en el ánimo de Boscán fue tan contundente que, tras el soneto que le dedicó, hizo promesa de no escribir un verso más. La pieza es perfecta, maravillosa, y vale la pena que la leamos:

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste,
y siempre con tal fuerza le seguiste,
que a pocos pasos que tras él corriste,
en todo enteramente le alcanzaste;

dime: ¿por qué tras ti no me llevaste,
cuando desta mortal tierra partiste?
¿Por qué al subir a lo Alto, que subiste,
acá en esta bajeza me dejaste?

Bien pienso yo que si poder tuvieras
de mudar algo lo que está ordenado,
en tal caso de mí no te olvidaras.

Que, o quisieras honrarme con tu lado,
o, a lo menos, de mí te despidieras»
o, si esto no, después por mí tornaras.

Pasemos por alto las muchas cosas buenas escritas por Lope de Vega, Quevedo, Baltasar Gracián y otros muchos más que también tienen poesías dedicadas a los amigos y la amistad. Vengamos a algunos más próximos a nosotros, pues a todos les ha hecho la muerte vibrar con el mismo dolor y el mismo afecto. El gran Antonio Machado vibró así ante la muerte de Rubén Darío:

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,
¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?
Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,
corazón asombrado de la música astral,
¿te ha llevado Dionisos de su mano al infierno
y con las nuevas rosas triunfantes volverás?
¿Te han herido buscando la soñada Florida,
la fuente de la eterna juventud, capitán?
Que en esta lengua madre la clara historia quede;
corazones de todas las Españas, llorad.
Rubén Darío ha muerto en sus tierras de oro,
y esta nueva nos vino atravesando el mar.
Pongamos, españoles, en un severo mármol,
su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

Otro grande de las letras hispanas, Gerardo Diego, dedicó una vibrante elegía a la muerte de su amigo Enrique Menéndez, que empieza así:

Una humilde corona,
dulce Enrique Menéndez,
de eternas siemprevivas
quisiera entretejerte,

para que en tu sepulcro
calladas balanceen
sus espigados tallos
al soplo del nordeste.

Tú, que amabas las flores
de tu huerto obediente,
el huerto que en tu ausencia
tristemente florece,

acéptame estas pocas
florecillas silvestres
regadas con mis lágrimas
entre mis manos leves.

La elegía termina con estas dos cuartetas:

Te fuiste tú y seguimos
torpemente vivientes.
¡Qué vergüenza vivir
cuando los buenos mueren!

Toma estas flores tristes,
dulce Enrique Menéndez,
pero a nadie le digas
que hoy he venido a verte.

El llanto de los poetas tiene la virtud de hacernos sentir con más fuerza esa sensibilidad que el dolor enciende en la amistad. No es fácil resistirse a su encantamiento, salvo que uno sea como aquél que preguntó a Eduardo Marquina: «Pero, en resumidas cuentas, ¿para qué sirven los poetas?» La respuesta fue contundente: «Pues, mire usted, para hacer lo que hacen todos los hombres y, además, versos». Este poeta y dramaturgo español, nacido en Barcelona y muerto en Nueva York, en la conferencia que con motivo del homenaje nacional que se rindió a los Álvarez Quintero pronunció en verso el año 1928, dijo:

La amistad es nuestra forma
de darnos, en beneficio
de los demás; el oficio
mayor del alma, y la norma
de las vidas que han ahincado
en la vida su asidero
de raíces y han granado.

Hasta el gran humorista italiano Pitigrilli, autor de feroces diatribas contra los falsos amigos, tuvo el arranque de escribir que «la amistad es una tregua en la competencia, un ángulo muerto en la guerra social». Por eso, créanme ustedes que a mí me preocupa mucho ver que hoy se va agudizando en los hombres una nula capacidad para el ejercicio de la amistad. La amistad, como el honor, como el amor propio, como el respeto a la verdadera personalidad, como la dignidad de la gloria o la gloria con dignidad, se consideran con excesiva frecuencia prejuicios decadentes, tremendos templos vacíos en los que se rinde culto a la cursilería. Veo, con profunda desazón, que todo el mundo, si le conviene, se considera amigo de todo el mundo porque se ha convertido el rango ético, filosófico y poético de la amistad, en mera fórmula comercial. Por ese camino, la amistad pronto dejará de ser una idea para convertirse en una coyuntura económica. Esto ya lo intuyó López de Ayala al escribir en «El tanto por ciento» estos dos versos: «Que una cosa es la amistad / y el negocio es otra cosa».

¡Qué lejos está la prostitución de esa idea de amistad de la confesión que Juan de Contreras, Marqués de Lozoya, hace en sus «Sonetos espirituales» bajo el título «Era cerca del mar»:

Amigo mío, ¿lo recuerdas?, era
cerca del mar. La noche descendía
y, oteando la vaga lejanía,
fingíamos paisajes de quimera.

Hablábamos despacio; en la escollera
con manso ritmo el agua se rompía,
y el campo de los cielos encendía
las flores de su eterna primavera.

Sobre la enhiesta roca, sin testigo,
hablábamos largamente del anhelo
de eternidad, que en nuestras almas arde.

A solas con el mar y con el cielo,
yo sentí que Jesús, el buen amigo,
estaba con los dos aquella tarde.

Es posible que, tal como se nos aparece montada la sociedad actual, el amigo, la amistad, no interesen demasiado, sino como meras figuras de envite, de ventaja. Es posible que la mayor parte de las llamadas amistades, instituidas sobre el accidente interesado del negocio, de la combinación, de la convivencia o del momio a la vista, constituyan un tremendo y sucio complejo de falsedades, porque la amistad, el amigo, o es algo puro, altruista, que se da sin cálculo y sin medida, o es simplemente un compadre «a medias» en las ganancias.

Yo quiero romper hoy aquí una lanza en pro de la amistad y los amigos, esos seres afines a los que uno se confía y que forman parte necesaria de nuestro vivir. Amigos que son como el camino limpio y seguro para el peregrinaje por este mundo, y para compañía en los momentos de evasión de lo vulgar y lo cotidiano. El amigo de verdad es como nuestro eco: en él nos escuchamos y gracias a sus fieles resonancias sabemos que «pensamos, luego existimos». A mí me da mucha pena esa gente que, a lo largo y lo ancho de su vida, no ha sabido conquistar un amigo al que poder contar una pena, pedir un consejo, hablar de esas cosas que uno tiene enquistadas en el corazón y que, si no las suelta, se pudren y acaban por corrompernos. Creo que uno de los signos más reveladores de nuestra época es que el hombre ha cancelado, por inservibles, a la amistad y los amigos. Y lo ha hecho porque se ha dedicado preocupadamente, egoístamente, brutalmente, al cultivo del compadreo, de la asociación limitada de beneficios mutuos, de todo aquello que nada tiene que ver con la amistad. Ahí radica, es mi opinión, el origen de ese clima denso, desconfiado, interesado, en el que nos movemos. Es un clima en el que, sí, algunos prosperan, triunfan y derrochan? ¡pero sin amigos! Como los perros, como los tristes perros, que no tienen amigos.

Yo, señoras y señores, me esfuerzo por rendir culto a la amistad y les aseguro que, gracias a ella, no hay pesar en este mundo que no se borre al ejercerla. Voltaire, que se equivocó en tántas cosas, acertó de lleno al decir que «toda la grandeza de este mundo no vale lo que un buen amigo». Si el tiempo suele acabar debilitando el amor, el tiempo termina siempre por fortificar la amistad y transformarla en bálsamo de la vida. Uno de los proverbios que puede leerse en la Biblia recomienda amar de tal forma al amigo que llegue uno a nacer como hermano suyo en la desgracia.

Permítanme una osadía. Aunque Baltasar Gracián decía «no des consejos, que cada uno sabe equivocarse por sí mismo?, yo quiero terminar dándoles uno: Si carecen de él, hagan hasta lo imposible por encontrar a un amigo fiel como compañero, ya que de otra forma se exponen a caminar solos durante toda la vida. Si vale de algo, les brindo una experiencia: si la revista trimestral PREGÓN, nacida por Navarra y para Navarra, ha sido una empresa factible y a los trece años de su creación ha llegado a alcanzar la importancia que hoy se le reconoce en el panorama cultural, todo se ha debido, al margen de la calidad y el buen hacer que los lectores reconocen, al entusiasmo y a la buena, verdadera y profunda amistad que une a quienes llevamos adelante ese trabajo. Todos y cada uno de nosotros está convencido de que la única manera de poseer un amigo es serlo, y comulgamos con lo que José Picón, autor del libro de la zarzuela «Pan y Toros», escribió al poeta Manuel del Palacio: «Hombre que no necesita / para vivir el calor / de la amistad y el amor, / es una planta maldita». Como los notarios, yo doy fe de ello.

Nada más. Sólo me resta decir que les deseo a ustedes no pierdan de vista una cosa: no hay opinión política, filosófica o religiosa, que valga el sacrificio de una amistad. Por aquello de que los consejos se dan con facilidad, divierten a quien los da y a nada comprometen a quien los recibe (en el «Digesto», libro XVII, título I, ley 2ª, párrafo 6º, se lee «Nemo ex consilio obligatur», o sea, «Nadie queda obligado por un consejo»), termino trasladando a ustedes uno que dio Juvenal: «Fronti nulla fides», es decir, «no hay que fiarse de las apariencias». A fin de cuentas, un amigo es un tesoro y a veces confundimos el oro con el oropel.

Faustino Corella

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