Artículo del número 29


INNOVACIÓN: UNA NECESIDAD EN LA ECONOMÍA NAVARRA

Se hace camino al andar...

La mundialización de la economía ha propiciado una globalización del mercado de capitales y hoy puede accederse con mayor facilidad a recursos de producción en el mercado mundial. Consecuencia de esto es que, si una economía local desea lograr ventaja competitiva sostenible, se hace necesario extender su competencia más allá de sus límites geográficos y generar valor que revierta a la sociedad en general y a su P.I.B. en particular. Tal cosa es posible lograrla por medio de una concentración de la actividad económica (conocimientos especializados, instituciones, competidores, proveedores, clientes e industria auxiliar complementaria y diferenciada) en una región determinada.

Frente a esta realidad nos encontramos con que la concentración empresarial en Navarra responde a la existencia de polígonos industriales, algún vivero de empresas y algunos centros tecnológicos que ahora se están iniciando. No hay que esforzarse mucho para constatar que todo responde a una mera ubicación espacial de actividades económicas... sin un propósito común. Mal asunto es ese, pero es la verdad. Junto a ello, lo que más llama la atención es que, a pesar del riesgo e incertidumbres ya detectados por distintas circunstancias, no se vea por parte de instituciones y grupos de interés dar pasos concretos y efectivos hacia una apuesta significativa que sirva para posicionar en el futuro a la Comunidad Foral. Opciones, haberlas haylas, pero requieren conocimiento, imaginación y determinación, elementos estos que no se ve apunten en la actualidad por ninguna parte.

Es preocupante el nivel de autocomplacencia que acostumbra a respirarse en Navarra, cuando ya es sabido que la autocomplacencia es el mejor camino para morir de éxito. Bastaría un mínimo de reflexión para concluir que no se puede abordar todo ni ser excelente en todo. Para competir hay que diferenciarse y, a requerimiento de mi buen amigo José María Corella, Presidente de la Sociedad Cultural Pregón, brindo aquí, en las páginas de esta importante y veterana revista cultural navarra, una propuesta que creo puede ser interesante para la estructura económica de la Comunidad Foral. Se trata de la configuración de clusters con conexiones múltiples y sinergias entre las empresas que los integren, y que no necesariamente han de identificarse con sectores tradicionales (en ellos se compite a través de los costes y los costes no cambian a medio plazo mientras no emerja una tecnología que revolucione los sistemas productivos). La frontera de mi propuesta abarca, pues, a empresas y entidades que tengan entre sí relaciones verticales, horizontales e institucionales, con independencia del sector industrial o rama de actividad al que pertenezcan.

Por su dimensión geográfica un cluster puede ser urbano, regional, nacional o supranacional, aunque por su tamaño puede variar en amplitud y fase de desarrollo. De todas formas, sea del tamaño que fuere, da cabida a actividades empresariales locales, tanto de pequeño y mediano como de gran tamaño, en fase de crecimiento o madurez, porque crea una constelación de proveedores y una amplia gama de sectores afines —relacionados o no— junto a instituciones de apoyo.

En sentido estricto de lo que se trata es de crear un grupo de empresas e instituciones conexas geográficamente denso, pertenecientes a un campo tecnológico concreto. Dichas empresas, unidas por rasgos comunes y ser complementarias entre sí, pueden adoptar distinta forma según su especialización y complejidad, según las empresas de productos o servicios finales que integren el grupo, y según los proveedores de materiales, componentes, maquinaria, servicios especializados, instituciones financieras públicas y privadas (por normalización, subvenciones, formación, investigación y asesoramiento), canales de distribución, clientes, etc. Además, cuando los límites del grupo pueden ser difusos e interrelacionarse con otros campos tecnológicos, las ventajas a obtener deben ser convenientemente sopesadas.

En primer lugar, como los clusters conjugan competencia y colaboración entre empresas iguales y dispares, la eficiencia de la función de compra de los clientes se mejora al tratar de obtener economías de escala en actividades particulares propias de la generación y distribución del producto. En segundo lugar, al elaborar el mismo producto se fomenta la competencia entre empresas iguales (si bien unas y otras cooperan en el desempeño de las funciones necesarias para el logro de una eficiencia competitiva que revierta en la colectividad). La cooperación entre empresas oscila desde la financiación de inversiones sustanciosas y necesarias para la investigación a la fabricación de componentes complejos o distribución en el mercado global.

En tercer lugar, los aprovisionamientos necesarios pueden suponer unos costes inferiores a los que se incurre en el abastecimiento de libre mercado, por estar sujetos a precio, plazo y tiempo estándar. La cadena llega a ser complementaria, si bien la dependencia lleva asociado incurrir en la filosofía de todos los miembros, plasmada en la “deficiencia cero” para que no se socave el éxito grupal. En cuarto lugar, se fomenta también la actitud emprendedora. El sentimiento de ?capital flexible? insta a la generación de productos o servicios singulares en una misma gama, sea esta próxima o no relacionada. Las unidades de valor del cluster se configuran siempre en torno a proyectos de éxito final y ventaja añadida es que las fuentes de financiación son de más fácil acceso. Eso se debe a que las entidades de crédito conceden mayor peso al conocimiento de la actividad grupal, su alcance y sinergias, porque garantizan el retorno de las inversiones y la capacidad de devolución de la deuda.

Es importante señalar que un cluster contribuye también al desarrollo de actividades de servicios, tales como centros de investigación, asesorías, consultoras, consorcios para la exportación, promotoras de eventos, etc. De aquí que, al generar actividades económicas de apoyo que promueven empleo y renta, mejore el P.I.B. de la región y su proyección exterior. Asimismo, otras ventajas que se pueden generar son flexibilidad en las empresas pequeñas y medianas, información acumulada, conocimientos especializados, capacidad de negociación y relaciones económicas de confianza. Indirectamente, un cluster contribuye al trabajo cooperativo, al cruce de culturas organizativas, a la solidaridad en un reto compartido, a la adaptación, al enriquecimiento vía convivencia, etc.

Naturalmente, como “nada en este mundo es perfecto” el cluster puede ocasionar algunas debilidades, pero son debilidades no achacables directamente a la esencia del grupo sino más bien a quiebras personales o particulares: carencia de una configuración sólida por falta de agentes relevantes que lideren la agrupación y faciliten el aprendizaje colectivo; fragmentación, por no darse entre los agentes de la región una colaboración adecuada en la innovación; y, finalmente, rigidez excesiva en las comunicaciones internas.

Dicho lo que precede, a partir de los sectores tradicionales o básicos, y también los considerados novedosos, podrían crearse clusters que garantizaran el futuro de la Comunidad Foral y la impulsaran. Tal creación podría responder a la colaboración de iniciativas público–privadas que sirviesen tanto como elemento de incremento de la competitividad y motor de crecimiento económico como de mejora de la calidad de vida, por contribuir a la configuración de redes de valor impredecibles.

De forma más pragmática, cabe señalar que la creación de clusters debe partir de unos objetivos generales, tales como: incrementar la capacidad de I+D, promover un esquema industrial que facilite el desarrollo de productos y servicios, consolidar las relaciones existentes y crear vínculos nuevos entre los agentes, atraer, retener y fomentar la interacción del conocimiento y los recursos humanos, mejorar la imagen y crear un entorno capaz de fomentar el desarrollo de empresas de productos o servicios derivados de los ya existentes —o no relacionados— a partir del dominio de recursos, capacidades y competencias que puedan ocasionar innovación en cualquiera de sus variedades.

La capacidad de innovación de una región depende de la habilidad para producir y comercializar un flujo de tecnología innovadora a lo largo del tiempo, lo que depende tanto del potencial de las infraestructuras como de la existencia de clusters novedosos y sus vínculos entre unos y otros. La práctica demuestra sin lugar a duda que la creación de clusters no distorsiona la competición sino que, por el contrario, depura los obstáculos y las limitaciones en aras de una mayor productividad. Esto tiene muy poco que ver con lo que tradicionalmente se entiende por política industrial, pues esta se limita a fijar unos objetivos industriales deseables y una intervención en la competición, a fin de inclinar los rendimientos del mercado a favor de la región, y eso no siempre se consigue.

Sé muy bien que la bonanza económica, y Navarra disfruta actualmente de ella, es una rémora para nuevas propuestas o reformas. Lógicamente, si las cosas van bien, ¿por qué cambiarlas? Sin embargo, no está de más advertir de que la amalgama de autocomplacencia con miedo al cambio es lo más efectivo para inducir a la quietud. Siguiendo a Darwin, sería bueno reflexionar acerca de que “no es más fuerte el que sobrevive, ni el más inteligente, sino el que mejor responde al cambio”. En el corto plazo puede haber perdedores, pero a largo plazo sale ganando la gran mayoría porque se consigue aumentar la tasa de crecimiento potencial de la economía y su competitividad, algo de lo que se benefician todos los ciudadanos.

Navarra tiene y dispone de materia prima suficiente para abordar nuevas propuestas que incidan en el mercado de productos / servicios encaminadas al incremento de la competencia. Eso redundaría en la innovación tecnológica, social y de métodos de gestión, consiguiendo por esta vía sustanciosas ganancias de productividad. Es cuestión de voluntad y de empeño en planteamientos significativos para hacer camino al andar.

Isabel De Val Pardo

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