Artículo del número 30


JAVIER MINA ¿HEROE O TRAIDOR?

Javier Mina nació en Otano, Navarra, en 1789, el año fatídico de la Revolución Francesa, y enigmáticamente las ideas y los proyectos de esta misma Revolución influyeron y marcaron toda su vida, hasta acabar fusilado por ellas en 1817 en México.

El propio Javier Mina cuenta en aquellos documentos y proclamas que emitió mientras preparaba su asalto a la Nueva España en las desoladas y desiertas costas de Texas, en los años 1816 y 1817, cómo durante la Guerra de Independencia Española (1808-1814), librada para sacudirse el yugo de la invasión napoleónica, había acompañado sucesivamente como voluntario a los Ejércitos españoles de la Derecha y del Centro. Sin embargo, cuando desgraciadamente estos Ejércitos fueron dispersados por los enemigos, «corrí al Lugar de mi nacimiento en donde era más conocido», es decir, a Navarra, donde logró reunir a 12 hombres, que «me escogieron por su caudillo», llegando a organizar en breve «respetables» Cuerpos de Voluntarios. Aunque posteriormente los enemigos realistas de Mina, en su aventura americana, intentaron colgarle el sambenito de que no tenía «talento militar ni político», William Davis Robinson, el cronista de dicha aventura, relata que las «hazañas» de Mina en esta Guerra fueron innumerables, pues no sólo «fue el primero que enseñó a los habitantes de la Navarra el sistema de una guerra irregular», que fue «funesta al conquistador», sino que envió a la Junta Central —el Gobierno español de la resistencia y lucha contra los franceses— más de 700 prisioneros además de un Teniente Coronel. Su «fama» se extendió por toda España, pues «reanimó notablemente el espíritu público», no tardando en alzar un «cuerpo considerable» de voluntarios, cuyo número aumentaba constantemente. Por esta razón, la Junta Central le dio el grado de Coronel y poco después lo nombró Comandante General de Navarra. La junta de Aragón le dio además el mando del alto Aragón. Robinson no lo duda: «Ganó estos ascensos con la punta de la espada y en encuentros muy peligrosos». Hubo después muchos «trabajos y sacrificios», pero a pesar de ello Mina sentenció que «peleamos como buenos patriotas», hasta que tuvo la desgracia de caer prisionero en 1810. Entonces, curiosamente, la División que él mandaba tomó su «nombre por divisa», escogiéndole para sucederle a su propio Tío, Francisco Espoz, el cual añadió a su nombre el de Mina, siendo nominado a partir de aquí como Francisco Espoz y Mina.

Después de terminada la guerra, Mina y su tío, profundamente desengañados con la restauración del sistema absolutista por parte del Rey Fernando VII, en 1814, tras ser liberado de su prisión en Francia, desencadenaron un levantamiento o pronunciamiento en Pamplona, en septiembre de mismo año, el cual acabó desastrosamente con la huída de Mina a Francia. Efectivamente, en mucha de la documentación escrita que poseemos del propio Mina en su último año de vida, se contiene claramente expuesto su aborrecimiento por Fernando VII, así como el resto de sus ideales políticos, además de las principales motivaciones que le impulsaron a ir a México. Por esta razón, tal y como él mismo nos cuenta —aunque siempre desde una perspectiva liberal, no hay que olvidarlo— al ser invadida España por los ejércitos napoleónicos en 1808 se decidió a entrar en una «lucha tan desigual» para combatir la «ignominia» de ser «vil presa de una Nación extraña», pero nunca, y he aquí la clave, para «restablecer el antiguo Gobierno en el pie de corrupción y venalidad que nos había reducido a la miseria». Por esta razón, cuando todos «creímos» que Fernando VII «se apresuraría a reparar con los beneficios de su Reinado las desdichas que habían agobiado al Estado en el de sus predecesores», habiéndole además «perdonado las bajezas de que se había hecho criminal en Bayona y Valencey», hete aquí que la «recompensa que el ingrato» preparó a «la Nación entera» fue todo lo contrario: la disolución de las Cortes, con «sus miembros huyendo en todas direcciones de la persecución de los Cortesanos»; el «encarcelamiento, Cadenas y Presidios» de los que «tuvieron bastante firmeza para oponerse a su usurpación tan escandalosa»; y la «constitución abolida» con una «España esclavizada de nuevo por el mismo a quien ella había rescatado con Ríos de Sangre, y con inmensos sacrificios».

Esta imperdonable felonía de Fernando VII, según Mina, le llevó consecuentemente, en su clara lógica liberal, a que él, junto con la «parte sana y sensata de la España» que aún quedaba, defenderían «su causa» allí donde sus «esfuerzos» pudieran «ser más benéficos a mi Patria oprimida» o «más fatales a su tirano». Y como en ese momento, era del territorio americano de donde el «Usurpador» sacaba los «medios de afianzar su arbitrariedad», de esta manera, si se establecían «definitivamente gobiernos liberales en toda la extensión de la antigua Monarquía» era lógico suponer que los «principios liberales tarde o temprano extenderán sus bendiciones al resto», es decir, hasta llegar a la propia España. Y como México era el «corazón» del «Coloso del despotismo» era allí donde se debía «procurar con más ahínco la independencia». He aquí por tanto la serie encadenada de razonamientos que llevaron a Mina, después de fracasado el golpe de Pamplona, a poner todos sus desvelos en la formación de una expedición libertadora que ayudara a los insurgentes mexicanos a lograr sus propósitos independentistas. Golpear a México, significaba derribar a Fernando VII, y desde entonces no cejó Mina un solo segundo en perseguir dicho objetivo. Tras llegar a Francia pasó a Inglaterra, y de allí saltó a los Estados Unidos, siempre aunando esfuerzos, dinero y contactos para formar dicha expedición.

Dados estos antecedentes resulta revelador como los enemigos realistas de Mina, mientras se divulgaban los rumores de su llegada a los Estados Unidos, a mediados de 1816, propalaron que el «despreciable de Mina» se daba a «reconocer» en estos territorios como «General Mina», cuando era «bien notorio que jamás existió en España otro General con ese nombre que el General Espoz y Mina». Pero, como hemos visto, más bien fue todo lo contrario: su tío Francisco Espoz fue el que heredó la fama de su joven sobrino, gestar de esta manera la suya propia. Sin duda, los realistas trataban de desprestigiar y desacreditar a Mina por todos los medios posibles con el propósito de neutralizar su fuerza, así como de restarle simpatías y apoyos por parte de otros revolucionarios y por parte de los Angloamerica-nos. Es más, en el viaje que hizo Mina desde Inglaterra a la costa norte de los Estados Unidos hubo una «gran disputa a bordo hasta llegar a las manos», porque varios espías realistas introducidos en el barco se negaron a dar a Mina el «tratamiento de General».

Según estos mismos espías las «intenciones» de Mina eran buscar la protección de los Estados Unidos, preparar allí su expedición, desembarcar en Boquilla de Piedra —en la costa mexicana entre Tampico y Veracruz— haciendo la «guerra por mar y por tierra a todos los que tengan dinero», y después retirarse a Europa. E, incluso si no recibía la protección angloamericana Mina estaba determinado «de todos modos a saquear las Colonias en la parte donde las pueda pisar». De todas formas, conviene matizar estas informaciones, pues proceden del campo realista enemigo, ya que Robinson afirma que Mina rechazó indignado dedicarse a la piratería corsaria para «despojar a sus inocentes compatriotas», puesto que hacía la «guerra contra la tiranía, no contra los Españoles». Efectivamente, según los informes mucho más ajustados de Luis de Onís, Embajador de España en los Estados Unidos, Mina con la ayuda y recluta de toda clase de elementos revolucionarios, entre los que predominaban los angloamericanos, franceses, y españoles de ambos hemisferios, pretendía reunirse con todos ellos en Haití, como así lo había hecho Bolívar, y desde allí efectuar un desembarco en las costas de la Nueva España, en algunos de sus puertos como Matagorda (Texas), Tampico (Nuevo Santander), o Boquilla de Piedras, en la provincia de Veracruz. Y allí les estaría esperando nada menos que «un fraile que capitanea tres mil republicanos», es decir, el propio José María Morelos, líder de la insurgencia mexicana después del padre Hidalgo pero que ya había muerto fusilado a finales de 1815.

En cuanto a estos revolucionarios franceses mencionados se trataba de antiguos bonapartistas, caídos en desgracia tras la derrota de Napoleón, y exiliados en América junto al hermano de este último, José Bonaparte, para continuar allí la extensión de sus novedosos planes e ideas. Al parecer, existen muchos indicios en la documentación para sospechar y aún aseverar que Mina recibió dinero del hermano de Napoleón para poder sufragar los gastos de su expedición contra los dominios de Fernando VII. Sin duda confraternizaban ambos en sus ideas políticas liberales, aunque es más que improbable que Mina compartiera el propósito de José Bonaparte de coronarse como Rey de México, e incluso mucho menos la disparatada y fantástica empresa, de sacar a su propio hermano Napoleón de Santa Elena para construir en América un nuevo Imperio Napoleónico. Además, Mina no sólo contó con abundantes angloamericanos en su expedición contra la Nueva España, sino que el propio Gobierno de Washington toleraba, alentaba y ayudaba secretamente a la misma, a pesar de las continuas y contundentes protestas de Luis de Onís, que se estrellaban una y otra vez ante la repetida y sistemática ambigüedad cínica que exhibían los distintos funcionarios de los Estados Unidos, deseosos de mantener tan sólo una neutralidad teórica.

Posteriormente, el último enclave donde Mina terminó con todos los preparativos de la expedición que había de libertar la Nueva España de la Vieja de Fernando VII fue Galveston, desierta isla de las costas de Texas accesible sólo por mar. Allí estuvo Mina desde noviembre de 1816 hasta marzo de 1817, determinando en el curso de estos meses desembarcar más al norte de lo previsto, en Soto la Marina, en la Provincia del Nuevo Santander, con el fin de «proclamar en los primeros Pueblos la constitución Es-pañola» —es decir, la muy liberal de Cádiz de 1812—, puesto que los puertos de Veracruz habían sido tomados, o estaban a punto de serlo, por los realistas. A pesar de las cifras exageradas que se barajaron sobre el número de tropas que acompañaban a Mina, éste sólo consiguió que le acompañaran 300 hombres, desembarcando en Soto la Marina a finales de abril de 1817. Después Mina tuvo que huir precipitadamente hacia el interior de México, pues la reacción realista fue fulminante logrando concertar numerosas tropas para aplastarlo.

Efectivamente, el Virrey de la Nueva España, Juan Ruiz de Apodaca, en cuanto se enteró del desembarco ordenó inmediatamente al General Joaquín de Arredondo, responsable militar de todo el noreste mexicano, que en «favor de la causa del Rey nuestro Señor» acabara con estos «malvados que han venido a inquietar sus dominios», ordenándole terminantemente hacerlos «pasar a cuchillo» a «cuantos se presenten, para que ni uno solo vuelva a embarcarse». El Virrey enfatizaba de esta manera sus órdenes puesto que «principalmente» había que «evitar que seduzcan los pueblos inmediatamente al paraje de su desembarco, y que se les reúnan las gavillas de rebeldes de lo interior», y así «destruidos ellos lleva la insurrección de Nueva España un golpe mortal que le falta para su total exterminio», después de todas las «Victorias conseguidas» por las armas realistas. Por esta razón, el Virrey manifestó repetidamente a Arredondo su impaciencia por obtener prontos resultados: «...aguardo por momentos, que Vuestra Señoría me comunique haber destruido la Chusma del traidor Mina, y que este malvado y cuantos le acompañan paguen como merecen el atentado de invadir los Dominios del Rey nuestro Señor». A su vez el Gobernador del Nuevo Santander, el Teniente Coronel Juan Fermín de Juanicotena, previno a todos sus habitantes contra este «terribilísimo Mal», pues los «facciosos de la isla de Galveston», a las «órdenes del traidor Mina», se habían «presentado ya en vuestros territorios con las detestables miras de usurpar los derechos de Nuestro Rey Fernando, de destruir Nuestra Sacrosanta religión, y aún de apoderarse de Vuestra Patria, e imponer el Yugo», excitándolos por tanto a su «exterminio y absoluta destrucción». Igualmente, el propio Arredondo manifestó también a estos habitantes que los hombres de Mina eran «víboras rabiosas» que «intentan engañaros, aparentando que os vienen a dar libertad y haceros felices, al mismo tiempo que os llenarán de esclavitud y miseria, os harán olvidar la Santa Religión de vuestros Padres y se burlarán de vosotros, si les dan auxilio para que logren su traidora empresa». Sobran además muchos más testimonios elocuentes de los horrorizados realistas ante el desembarco de Javier Mina en México.

Tras una serie de correrías del joven navarro por el interior de México, finalmente, en octubre de 1817 el Virrey Apodaca recibió el parte de la «feliz ocurrencia» de la «prisión del traidor Mina» en la hacienda del Venadito (Guanajuato). Fue capturado por el dragón —soldado de caballería— José Miguel Cervantes, a quien recompensó el Virrey con el empleo de cabo y una gratificación de 500 pesos, concediéndole además en nombre del Rey un escudo con el lema: Prendió al traidor Mina. Mina fue fusilado a continuación en el Crestón del Bellaco el 11 de Noviembre de 1817. Fernando VII recompensó a Apodaca (a quien ya en 1816 había remunerado su mérito y constancia militar con las grandes cruces de San Fernando y San Hermenegildo) por estos méritos especiales contraídos en la Nueva España, haciéndole merced del título de Conde del Venadito, Vizconde de Apodaca, para sí, sus hijos y sucesores, por un Real Decreto de mayo de 1818.

Sin embargo, no deja de resultar muy significativo el hecho de que es muy posible que las presiones masónicas —pues la filiación masónica de Mina es cosa sabida— lograran en junio de 1821 que el Virrey Apodaca fuera sustituido por el General masón OŽDonojú, el cual firmó en septiembre de ese mismo año la Independencia de México. Como sabemos la Masonería jugó un papel de primer orden en todo el proceso de las Independencias hispanoamericanas, y Mina, sin duda, no fue la excepción. De hecho, al margen de estas muy verosímiles especulaciones, el infatigable compañero de Mina en su expedición, el ex-clérigo estrambótico Dr. Mier, declaró en su proceso inquisitorial que Mina afirmó un día en referencia a la religión que «bastaba solo saber, y creer en un solo Dios verdadero, para salvarse, aunque siga el hombre cualquier secta, o religión», lo cual se acerca demasiado al Gran Arquitecto del Universo de los masones, muy distinto del Yahvé bíblico.

Juan Ramón de Andrés Martín

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