Artículo del número 32


LAS PRIMERAS UNIVERSIDADES EN NAVARRA: IRACHE Y PAMPLONA

Desde antiguo, una de las aspiraciones de Navarra fue la de contar con un centro de educación de rango superior. Las universidades fueron, desde el mismo momento de su creación, una institución cultural necesaria para la formación de los vástagos de familias nobles o, el menos, enriquecidas, así como un poderoso foco de desarrollo social y económico.

Pronto se vieron las ventajas de contar con una universidad en las ciudades más importantes de Europa y ya en el siglo XI se fundó la primera en Salerno (Italia), a la que se unirían posteriormente otras tan reconocidas como las de Bolonia (1119), París (1150), Oxford (1168), Salamanca (1220), Cambridge (1224), Valladolid (1346), Heidelberg (1385), o Alcalá (1508). A ellas seguirían las establecidas en América: Santo Domingo (1538), Bogotá (1622), Harvard (1636) y Yale (1701), por poner algunos ejemplos.

Navarra, con una historia rica en acontecimientos y vicisitudes, también aspiraba a contar entre sus fronteras con un centro docente superior. Los primitivos Estudios Generales regidos por religiosos entre los siglos XIII y XIV, cuando todo convento de alguna importancia tenía su «Estudio» que algunos se denominaron «Escuelas de Gramática» o «Estudios de Arte», formaban preferentemente a eclesiásticos en las disciplinas de filosofía, teología, Sagradas Escrituras y otras disciplinas auxiliares. Había también otros donde se enseñaba Humanidades -Trivium y Quadrivium- y la asignatura fundamental era el latín, indispensable para todo estudio superior porque se consideraba la base de todos los conocimientos humanos. Establecimientos docentes de este tipo hubo en Viana, Olite, Estella, Corella y Sangüesa. El de Estella merece mención especial, porque estaba dedicado a la enseñanza de lenguas orientales, sobre todo el árabe, impulsado por los dominicos para preparar a los futuros misioneros, entre musulmanes y judíos de España y del norte de África.

Pero estos Estudios Generales pronto se vieron insuficientes y el Reino reunido en Cortes elevó al monarca peticiones para instalar en el Antiguo Reino una universidad. A lo largo de los siglos medievales muchos fueron los proyectos y pocas las realidades. El principal problema fue siempre el económico, aunque en algunos momentos también pesaron mucho las difíciles coyunturas políticas. El rey Teobaldo II (1253-1270) proyectó una en Tudela, pero no se llevó a efecto. Un siglo más tarde Carlos II (1349-1387) parece que también acarició la idea de erigir una universidad en su querida villa de Ujué. En 1467 la villa de Lumbier intentó establecer su propio Estudio, pero les fue denegado el permiso por estimarse que el de Sangüesa era suficiente para toda la Merindad. Años después, en 1499 los reyes Juan y Catalina donaron al Ayuntamiento de Pamplona la Sinagoga Mayor para establecer en ella estudios de latín y otras facultades.

Hubo que esperar hasta la época moderna para ver hecho realidad tan anhelado proyecto. Tras la incorporación de Navarra a la corona de Castilla en 1512, un renovador auge cultural llegó a Pamplona por tres vías: los dominicos presentes en Tudela desde el 18 de enero de 1517; la fundación del colegio de la Anunciata de la Compañía de Jesús en 1580; y la llegada de la imprenta, que se estableció por primera vez en Navarra en 1498 de la mano de Arnaldo Guillén de Brocar, a quien siguió, ya en el siglo XVI, Tomás Porralis de Saboya que imprimió en Pamplona la «Gramática» de Antonio de Nebrija.

La fecha clave para la creación de una universidad en Navarra fue 1546. Durante la celebración de las Cortes de ese año se acordó la formación de una comisión que tratase sobre su fundación, ordenanzas, rentas y asignaturas que impartiría, y se proyectó instalarla en Estella. Muchos debieron ser los obstáculos, ya que durante toda la mitad del siglo se reiteraron las peticiones pero el proyecto no llegó a hacerse realidad. En el fondo, el proyecto se veía con ilusión, pero como una carga onerosa y de difícil concreción en la práctica. Se llegó a pedir ayuda económica a Felipe II para erigir el edificio. El monarca, que prohibió en 1559 y 1561 que los navarros se formaran en universidades francesas, veía con buenos ojos un Colegio para los naturales del Antiguo Reino junto a las universidades de Salamanca o Alcalá, pero un colegio universitario en Estella iba directamente contra su plan de castellanizar la iglesia navarra.

La convergencia de varios factores como el auge de las ideas humanistas, el testamento de un indiano y el renovado interés del reino, patente en las reuniones de Cortes Generales, hicieron posible la fundación de dos universidades en el siglo XVII gracias al esfuerzo de todas las instituciones navarras. De hecho, nada más comenzar la centuria, concretamente en 1601, la Diputación, en una instrucción de legacía al monarca, reiteraba la petición de permisos y privilegios para establecer la ansiada universidad en Navarra. Estas aspiraciones pronto cristalizaron en dos lugares: Irache y Pamplona.

En los primeros años del siglo XVII, llegaron a Navarra los monjes benedictinos de Sahagún que consintieron en instalarse en el monasterio navarro de Santa María la Real de Irache. El Papa Paulo V aprobó su traslado en 1605. La cuestión de su emplazamiento era importante, ya que estaba en el Camino de Santiago y a sólo tres kilómetros de Estella, cabeza de la merindad. Constituyó la primera experiencia universitaria en Navarra y su constitución data de 1618. En una primera fase impartió los estudios clásicos de filosofía y teología, y después amplió su oferta con leyes y cánones. Lo cierto es que desde 1613 otorgó títulos, aunque el permiso oficial para ello no llegó hasta 1665, siendo virrey de Navarra el duque de San Germán -muy proclive a la venta de empleos, gracias y privilegios-, quien por 500 ducados de oro les concedió dar grados en todas las facultades. Un año antes Felipe IV había ampliado sus privilegios.

La llegada de los Borbones supuso el comienzo del fin de su actividad docente. El reformismo dieciochesco quería acabar con los numerosos establecimientos que impartían estudios sin contar con un número mínimo de catedráticos. En 1753 Fernando VI anuló su capacidad para dar títulos en Medicina al no disponer de las tres cátedras preceptivas. En 1771, al desaparecer -como veremos- la pamplonesa universidad de Santiago, aumentó momentáneamente el número de sus cátedras, pero su decadencia es patente en 1787 cuando fue incapacitada para dar validez académica a sus cursos. Fue suprimida temporalmente en 1808 y 1820; el cierre definitivo sobrevendría inmediatamente después. No hay acuerdo en cuanto a la fecha exacta de supresión. Unos autores consideran como fecha final 1823 o 1824; Miñaro recoge un informe estellés que lo sitúa en 1826 y Madoz prolonga su existencia hasta 1833.

Pero la instalación de los benedictinos en Irache no satisfizo las aspiraciones y necesidades culturales de Navarra por la escasez de cátedras, de profesorado, de recursos y de alumnos. Era necesario crear una universidad en Pamplona y se pensó en el convento de Santiago de los Dominicos, quienes siempre habían destacado en los estudios de filosofía y teología.

Además, Martín de Abaurrea, un indiano navarro que volvió rico de América, en 1606, poco antes de su muerte, dejó como herederos universales de sus cuantiosos bienes a Pedro de Villanueva -miembro del coro de la Catedral de Pamplona- y a su amigo Ojer de Inza. En su testamento, fechado el 12 de noviembre de 1607, las cláusulas principales (26, 28 y 29) se referían a la creación de una universidad en Pamplona, donde los dominicos, en su convento de Santiago, impartieran estudios de filosofía y teología, para lo que dejaba 6.000. Su contribución fue completada con la donación efectuada por Juan Cruzat, arcediano de la Catedral de Pamplona. Las Cortes de 1608 plantearon la cuestión al monarca Felipe III y recibieron una respuesta afirmativa. Un tema importante fue la dotación económica para llevar a cabo el proyecto. Se decidió, mediante una real provisión de Virrey y Consejo de Navarra, conceder que todos los pueblos pudieran donar voluntariamente «por una sola vez, con la cantidad de dinero que cada uno pudiesse según los propios y rentas que tiene; pues de acudirse a obra tan pía redundará mucho en beneficio al dicho reyno» para fundar una universidad en el reino; con tal de que las ciudades de Estella y Tudela no superasen la cantidad de 100 ducados, las buenas villas los 40 ducados, las otras villas 8 ducados, y los lugares y aldeas 2 ducados, «y que esto sea voluntario, sin que para ello os puedan compeler.» El Obispo de Pamplona y el Vicario general del obispado de Calahorra ofrecieron las rentas de las primicias y otras ayudas; y varias ciudades, villas y lugares prometieron donativos.

El 3 de agosto de 1610 Madrid informaba favorablemente sobre el proyecto, pero su realización se fue aplazando, por lo que en la asamblea del reino de 1611 acordaron enviar una embajada a la Corte para tratar el tema. En 1619 la Diputación acordó que Juan de Egués fuera a Madrid para tratar el tema y ese mismo año, mediante real cédula se remitieron las ordenanzas y constituciones para su creación. Dos años después el Papa Urbano VIII concedía un breve favorable; pero hasta la primavera de 1630 no fue una realidad. Por fin, el 17 de abril se firmaron sus estatutos. La real cédula permitía el establecimiento de facultades de leyes, cánones, medicina, artes y teología. Se crearon tres cátedras de filosofía y otras tantas de teología, con sus correspondientes lectores, un suplente y un regente o maestro de estudiantes. En 1633 fue incorporada a la universidad de Zaragoza, y su apogeo coincidió con los años 1634-1700, época en la que se llegó a ampliar el número de cátedras al añadirse una de teología moral.

Pero, desde finales del siglo XVII es patente la decadencia de todas las universidades españolas en general, pero sobre todo de las consideradas menores. Era bien conocido que había demasiadas universidades eclesiásticas en España, lo que unido a los aires de renovación que se respiraban en el siglo XVIII impregnados de un espíritu enciclopédico y positivista, hizo que en estos centros sólo se educasen futuros sacerdotes y religiosos. Los nuevos y florecientes Seminarios Conciliares fueron paulatinamente desplazando a estas universidades. Mediado el siglo, en 1745 parece que fue incorporada a la de Alcalá de Henares en un intento por evitar su cierre. Pero, en 1748, el marqués de la Ensenada redujo las rentas de las universidades y se intentó suprimir su autonomía. Finalmente, por real orden de 11 de marzo de 1771, Carlos III suprimió la universidad del convento de dominicos de Santiago en Pamplona.

De este modo, saberes como la Medicina o el Derecho sufrieron importantes variaciones en el siglo XVIII. Por lo que respecta al primero de ellos, en las universidades de Irache y Pamplona no hubo propiamente profesores oficiales de medicina, pero sí amplias nociones impartidas por médicos muy afamados. Sin embargo las necesidades de los ejércitos y la revalorización de los oficios artesanos o industriosos promovidos por la Ilustración, obligó al establecimiento de los estudios concretos para la formación de cirujanos romancistas con conocimientos en anatomía pero formados sobre todo por la práctica con cirujanos destacados. En 1720 el Ayuntamiento de Pamplona estableció la formación de estas cátedras, pero hubo que esperar hasta 1757 para que las Cortes de Navarra aprobasen una Ley relativa a la creación de una Cátedra de Cirugía en el Hospital de Pamplona que, junto a otra de Medicina, fueron financiadas por el Consistorio. Entre 1760 y 1782 formaron a 320 cirujanos romancistas, es decir sin estudios latinos. El Rey no autorizó su continuación en espera de crear un Real Colegio de Medicina, Cirugía y Farmacia según el modelo propuesto por el protomédico doctor Echandi a imagen de los de Madrid, Cádiz o Barcelona. La prematura muerte de éste, la falta de entendimiento con la Cofradía de San Cosme y San Damián, y la guerra de la Independencia lo impidieron. Ya en el siglo XIX, una ley emanada de las Cortes de 1817-1818 volvió a instaurar dos Cátedras de Cirugía en el Hospital de Pamplona que fueron ganadas por oposición por los doctores Jaime Salvá, mallorquín, y el doctor Cipriano Ulibarri, vizcaíno. Fueron las denominadas Aulas Médicas. Por último, por acuerdo tomado en las últimas Cortes del Reino, convocadas en 1828-1829, se creó el Real Colegio de Medicina, Cirugía y Farmacia y se suprimieron las Cofradías de Pamplona y Tudela, así como el Protomedicato navarro. El Colegio fue dotado con cinco cátedras ocupadas por los doctores Salvá, Ulibarri, Storch, Landa y Pou. Se expidieron títulos de Medicina, Cirugía y Farmacia, cirujanos romancistas y parteras entre 1829 y 1836, año en que se extinguió.

Por lo que respecta al Derecho, no obstante, a pesar del interés mostrado por las instituciones navarras (Cortes, Diputación, Consejo, etc.) por instalar en Navarra de modo permanente un centro de estudios superiores parece que su consecución no cambió demasiado los hábitos de los navarros.  Tanto si pretendían dedicarse a la docencia universitaria como si su objetivo se centraba en la Administración, los navarros de la época moderna prefirieron acudir a las prestigiosas universidades castellanas que contaban con una bien ganada fama incluso fuera de nuestras fronteras y continuaron cursando sus estudios en Salamanca, Valladolid o Alcalá, fundamentalmente.

Para ejercer en Navarra, los licenciados y doctores debían superar un duro examen ante el Consejo Real. Además, en 1790 se estableció el Colegio de Abogados, si bien no comenzó su andadura hasta 1818. Con el objetivo de «velar por el lustre de la profesión», estableció la colegiación obligatoria para ejercer en el Antiguo Reino, unas detalladas ordenanzas, una Junta de Gobierno formada por un Presidente, cuatro Diputados, un Fiscal, un Tesorero y un Secretario, y con la Inmaculada Concepción y San Ivo como patronos.

No obstante, a pesar del interés mostrado por las instituciones navarras (Cortes, Diputación, Consejo, etc.) por instalar en Navarra de modo permanente un centro de estudios superiores parece que su consecución no cambió demasiado los hábitos de los navarros.  Tanto si pretendían dedicarse a la docencia universitaria como si su objetivo se centraba en la Administración, los navarros de la época moderna prefirieron acudir a las prestigiosas universidades castellanas que contaban con una bien ganada fama incluso fuera de nuestras fronteras y continuaron cursando sus estudios en Salamanca, Valladolid o Alcalá.

Mª Dolores Martínez Arce

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