Artículo del número 34
PAMPLONA DE PLAZA FUERTE A CAPITAL CIVIL SEGÚN «LOPEZARRA»
Introducción
Francisco López Sanz (Pamplona 1896-1977) fue un periodista pamplonés que alcanzó la dirección de El Pensamiento Navarro y que, con motivo del 50 aniversario del derribo de las murallas de Pamplona, entre los meses de Junio y Octubre de 1965 escribió en su periódico cincuenta y siete capítulos dedicados a las vicisitudes, ilusiones y decepciones de los pamploneses. Cuenta que pasaron 40 años hasta que pudieron sacarse los gigantes al puente de la Puerta de San Nicolás para asistir al bombazo que, a las seis de la tarde del día 25 de Julio de 1915, «voló el vértice de la muralla entre el dicho portal y el Baluarte de La Reina.» La explosión fue tan tremenda «que resquebrajó la garita que estaba al fondo, encima del acueducto del agua que llegaba de Subiza.» Así lo vio y cuenta en su crónica municipal y social con el seudónimo de Lopezarra Francisco López Sanz, quien nació en la casa situada mas allá de las «zonas polémicas» existentes pasado el puente sobre el Sadar en la carretera de Tafalla, cabe Cordovilla, esto es, a una distancia superior a los dos kilómetros desde las murallas. Allí nacieron también sus otros diez hermanos.
La crónica de Lopezarrra es el testimonio más directo y fidedigno, tanto por haber sido entre 1901 y 1922 testigo presencial como por su posterior valoración periodística. Habían quedado atrás las primeras peticiones de derribo de las murallas por parte de la Junta Provincial de Sanidad (1882) y ante el Rey por parte del Ayuntamiento (1884). En 1888 se consiguió el derribo de los baluartes de San Antonio y de la Victoria, naciendo así el primer Ensanche. Fueron, pues, cuarenta años en los que Pamplona pasó de Plaza Fuerte militar a Capital civil. Seguidamente, y valiéndonos de los gruesos trazos estampados en la crónica de Lopezarra, vamos a contar cómo vivieron este proceso los pamploneses.
Año 1900
Para el año 1900 Pamplona ya había experimentado el derribo de los baluartes de la Ciudadela que daban hacia la ciudad. Los fosos se habían rellenado y quedaba un espacio que en su mayoría albergó los nuevos cuarteles que daban a las calles Yanguas y Miranda y Padre Moret, generando una línea de manzanas a lo largo de la Avenida de las Navas de Tolosa que fue llamada I Ensanche. Esto no sirvió para resolver el problema de la vivienda, ya que también estuvo ocupada por la Palacio de Justicia, una fábrica de bombillas que fue luego colegio de los Hermanos Maristas y el Vínculo. La ciudad seguía encerrada a lo largo de todo el perímetro urbano por sus murallas, manteniendo en todo su carácter de Plaza Fuerte, ciudad militar a la que se añadió el Fuerte de Alfonso XII en la cima de San Cristóbal.
En este recinto pamplonés vivían 28.886 personas con una mortalidad de 960 al año y una natalidad de 800 niños, de los cuales 160 (20 por cien nacidos) morían antes de cumplir un año. En 1910 Pamplona había crecido hasta los 30.000 habitantes, cuando en el siglo XV, y en el mismo recinto, ya habitaban 7.500 almas, Era evidente el hacinamiento y los acuciantes deseos por expandir la ciudad, pues «la vida era monótona y poco progresiva al estar encerrada en su murallas, ya no agradaba y se sentía su incomodidad que impedía su crecimiento. Los pamploneses que sintieron aquel ideal ensanchista chocaron con los que creían que las murallas eran intocables y que aquella aspiración, contenía un sentimiento antimilitarista.»
Y sigue Lopezarra: «La plaza fuerte contaba con tres regimientos: de infantería. América n№ 14, Constitución n№ 29, y Cantabria n№ 39. Además el regimiento de caballería de Almansa n№ 13, y una batería de artillería en la Ciudadela, todos dentro de las murallas. Se defendía su permanencia porque beneficiaba al comercio y nutrían de novios a las chachas.»
Año 1901
Los deseos de Pamplona por fin tuvieron respuesta oficial en 1901: «la primera resolución del estado fue la Real. Orden (R.O.). del Capitán General y Ministro de la Guerra Don Valeriano Weiler que fue traído y recibido por la población como el salvador del pueblo porque se dijo venía a derribar las murallas.» La R. O. tenia cinco puntos en los que se disponía que, una vez derribadas, «la parte de población quedará cerrada con un recinto de seguridad que arrancaría de la Ciudadela pasaría por el Fuerte del Príncipe (hoy Larrabide) y terminaría sobre el rio Arga [Cuesta de Beloso].» En el punto cuarto se disponía que el Estado se reservaba los terrenos que necesitara para fines militares y que el Ayuntamiento debería ceder terrenos para campo de instrucción. La cesión y derribo, además, no era gratis. Deberían pagarse 2,4 millones de pesetas al Estado. Durante más de una década esta disposición pesó como una losa, siendo muy beneficiosa para el ejército y muy onerosa para la Ciudad, cosa que llevó a fuertes enfrentamientos entre los pamploneses.
Año 1902
Es obvio que Pamplona no estaba conforme con las condiciones impuestas. No obstante, en una sesión celebrada el mes de mayo, el concejal señor Arraiza propuso que se reiniciaran los contactos para derribar las murallas. El alcalde liberal don Joaquín Viñas no era partidario del derribo: «Yo creo que por circunstancias políticas y económicas no deben derribarse las murallas», dijo. A pesar de ello, y como consecuencia del debate subsiguiente, se creó una comisión sobre el derribo. La respuesta inmediata del Gobernador militar fue prohibir a los agricultores trillar y a los ganaderos celebrar las feria de ganados en los glacis.
En el verano visitó Pamplona el recién jurado rey en Cortes Alfonso XIII, acompañado del general Weiler, para visitar el fuerte de San Cristóbal. «Se le informó de los deseos y aspiraciones de la ciudad» pero se fueron por donde habían venido. A pesar de la poco favorable situación don Joaquín Viñas hizo gestiones en Madrid para mover la R.O. de Weiler: No había ahora mayor inconveniente en aceptar el nuevo recinto murado, aunque no la reserva militar, y se ofrecía Ainzoain para ejercicios militares y el soto del Sadar para la instrucción de la tropa. Sin embargo, la cantidad económica que andaba en juego era insalvable e inviable.
Al año siguiente las condiciones políticas fueron menos propicias. La Corte andaba sumida en problemas. Baste saber que, entre 1903 y 1907, se sucedieron diez gobiernos. Esto, lógicamente, hacía muy difícil intentar mover el asunto.
Año 1904
La situación estaba estancada, pero en el pleno de 21 de enero de 1904 el joven concejal don Joaquín Beunza, siendo alcalde don Salvador Ferrer, presentó una moción para que desaparecieran las «zonas polémicas» y pudiera construirse en ellas «ya que el derribo de las murallas parecía imposible.» Estas «zonas polémicas» eran los terrenos comprendidos en dos kilómetros a la redonda desde las murallas. En ellas no se podía construir nada por razones defensivas y estaban sometidas a jurisdicción militar. Todos estos terrenos eran de particulares, estaban dedicados a la siembra de trigo, ganadería y viñedos, y a lo largo de todo el término municipal que ocupaban era «zona polémica» señalizada con unos mojones que indicaban «Z. P.» Aquello era tremendo, pues desde el Portal de San Nicolás hasta el río Sadar estaba prohibido construir. Lo único que había construido a kilómetro y medio de distancia era una casa de madera, que quedó autorizada provisionalmente. Su propietario don Serapio Huici quiso burlar la Ley y «para protegerse del frío en invierno y calor en verano hizo una nueva de ladrillo por dentro, pero arrancó las tablas y quedó al descubierto.» De inmediato recibió la orden militar de derribarla. La casa desapareció en 1910 por obra y gracia de un incendio. Más lejos estaba la casa de Echegoyen, con una tejería. Más abajo, junto al puente del Sadar, se encontraba la venta de carros y galeras del «Mochuelo» (alias de Urbano Igarreta) que pasó luego a ser de los Sres. Ciganda. Enfrente se situaba la Pirotecnia Oroquieta y, pasado el puente donde concluía el término de Pamplona, fuera ya de la «Z. P.», la vivienda de los López Sanz con sus once hijos, uno de ellos nuestro cronista Lopezarra.
En el caserío de la Rochapea don Nicasio Landa hubo de pedir permiso militar para hacer una escalera exterior en el Asilo del Niño Jesús, guardería fundada por él para acoger los hijos de las lavanderas mientras estas hacían su tarea. Dentro de las «Z. P.» sólo fue autorizada en 1900 la Prisión Provincial en la Cuesta de la Reina. Cualesquiera otros intentos eran fallidos. Peor suerte tuvieron los deseos de la Diputación Provincial y Foral de construir junto a la Cruz Negra, en «abejeras» el nuevo edificio de Viticultura en los terrenos de la actual casa de Misericordia, con motivo del Congreso que se iba a celebrar en 1912 y que, dada la negativa militar, hubo de construirse en Villava. Todo intento que se pusiera sobre la mesa era recibido con recelo. Sin embargo, «la solución a nuestro problema murallero hubiese venido antes si en Madrid no se viese con tan poca simpatía a Pamplona y Navarra. Su pecado era ser carlista», sentencia Lopezarra. No obstante, las autoridades, alcaldes incluidos, siempre eran de la situación.
Años 1905 y 1906
Después de mucho pedir y rogar, siendo de nuevo alcalde de Pamplona don Joaquín Viñas y Larrondo, industrial textil, aún sin haber alcanzado entendimiento en el asunto murallero se consiguió el derribo y ensanchamiento de los angostos portales de acceso a la Plaza Fuerte, es decir, a los portales de Taconera, San Nicolás y Nuevo. La razón esgrimida fue que con ello se facilitaba el tráfico a las nuevas exigencias rodadas de diligencias tiradas por caballerías, vehículos a vapor con llantas de hierro, tranvías y ómnibus. El día 5 de Julio de 1905 se presentaron el proyecto y presupuesto del derribo del portal de Taconera (felizmente recuperado junto a su propio lugar en 2005), incluido el nuevo puente de acceso, con un presupuesto de 60.000 pesetas. Más costoso fue el derribo del de San Nicolás (reinstalado en los jardines de la Taconera). Con motivo del derribo del de Taconera se cubrió y saneó el terreno contiguo dando lugar al «Bosquecillo», que quedó transformado en recinto de recreo. Se inauguró en los sanfermines de 1906 y desde entonces, amenizado por la banda del regimiento de Cantabria, sustituyó al paseo de las mañanas de la calle de la Estafeta. Como siempre hay alguien que tiene que protestar por algo, a esta mejora se opuso un concejal porque «todavía estaba sin empedrar la calle Tejería que seguía siendo de tierra.»
Años 1907 a 1909
En 1907 se recupera la calma política, pasando a Presidente de la Nación el conservador don Antonio Maura y siendo Ministro de Interior de la Cierva. El alcalde de Pamplona, don Daniel Irujo y Armendáriz, comerciante de alimentación de la ciudad, renovó la tentativa del derribo de la murallas que andaba cuajado de polémicas desde la R.O. del General Weiler publicada en 1901. Se reinicio la negociación en base al proyecto urbanistico de don Julián Arteaga, que se considero muy interesante, y en base al modelo de cuadricula ya realizado en el Ensanche de Barcelona que había sido asumido por el alcalde. Arteaga, que ya había diseñado el I Ensanche, fue el arquitecto del Palacio de Justicia, de la Prisión provincial y de las Escuelas de San Francisco. Sin embargo, otros pensaban que seria mejor y más barato hacer varios boquetes en la muralla y, a través de ellos, continuar la ciudad.
La propuesta de Irujo aceptaba las condiciones de la R.O. de 1901, cuyas cláusulas eran: cesión de 218.960 metros cuadrados del derribo y de los fosos y glacis; pagar por dicha cesión 2,4 millones de pesetas; adquisición de terrenos para construir el nuevo perímetro con 30 metros de anchura para ronda de seguridad; construcción de un muro de contención desde el baluarte de San Bartolomé hasta la Plaza de toros (vieja). El consistorio lo consideró inviable y el Ayuntamiento lo rechazó en abril de 1909. El mayor enemigo fue el ex alcalde, y ahora concejal, don Joaquín Viñas cesado con la subida de Maura. No obstante, se derribó el Portal de Tejería y recorriendo la muralla se abrió un nuevo acceso desde el puente de La Magdalena, actual cuesta de Labrit. Después de la fracasada propuesta de Irujo, todo quedó paralizado
Año 1910
Nuevo cambio político. Accede al Gobierno el progresista don José Canalejas y, en consecuencia, don Joaquín Viñas recupera la alcaldía. Desde entonces va a intentar «con los suyos» recuperar en Madrid el asunto de las murallas, pero fue este un año de promesas y decepciones. El Ayuntamiento pensó en sacar fuera de las murallas la casa de Misericordia «al aire libre, y con mejores instalaciones» en los actuales terrenos del Seminario, en Argaray. Pero seguía la cuestión de las «Z. P.» y Canalejas firmó una R. O. prohibiendo se hiciera allí la Misericordia. «¡Como para pensar en el derribo de la muralla!», comenta Lopezarra. A pesar de ello, en el mes de marzo fue a Madrid la Comisión de las murallas. El alcalde Viñas se entrevistó con todos, «para eso tenia a los suyos mandando», y mantuvo conversaciones con el general Aznar, Ministro de la Guerra, y con el mismo don José Canalejas (todos le dieron buenas palabras), e incluso el cardenal Soldevilla le prometio «venir a bendecir la piqueta que tirara la primera `piedra.» La Comisión estuvo en Madrid quince días «gestionando que se conceda a Pamplona el derribo con pocos gastos.»
En el mes de mayo se convocaron elecciones generales y se produjo un nuevo parón en el asunto. Viñas se volcó en las elecciones con poco éxito y en Artajona tuvo que salir por pies, protegido por la Guardia Civil. En Navarra ganaron las candidaturas carlista y católica con seis diputados tradicionalistas y un católico, mientras que en el conjunto de España salió un gobierno anticlerical. El Vaticano rompió relaciones por la «Ley del Candado» y en Pamplona se produjo una multitudinaria manifestación contra el Gobierno, con la Diputación a la cabeza. Don Joaquín Viñas pasaba malos momentos. Sin embargo, se especuló que, con motivo de la construcción de las nuevas estación y oficinas del Plazaola fuera de la Puerta de san Nicolás, podía ser un buen momento para construir en las «Z. P.» Vana ilusión. Sólo se autorizó construir para estación un mísero cuchitril de ladrillo e incluso las oficinas se tuvieron que hacer de madera. «Se castigaba a Pamplona por clerical.»
Año 1911
La situación era ya insostenible y la opinión estaba muy sensibilizada. Don Eugenio Lizarraga, abogado y entusiasta ensanchista, publicó y difundió el Catecismo del Ensanche con preguntas y respuestas al estilo del Astete. La población estaba estancada en 29.000 habitantes y 1.500 viviendas. Tudela tenía 9.500 habitantes y 1.360 viviendas. «Pamplona era insalubre y peligrosa»; la tercera parte de los muertos se debían a las malas viviendas y subarriendos entre obreros, con un retrete para toda la vecindad, y sin agua corriente. Las familias abandonaban Pamplona, por no haber forma de encontrar una vivienda. Se pensaba en derribar edificios municipales para hacer casas e incluso se pensó en el patio de recreo de las Escuelas de Compañía. Se seguía dando vueltas a sacar la Misericordia y los escolapios con el fin de recuperar sus solares para viviendas, a los que se añadiría el del «Nuevo Juego de Pelota» entre la calle Fernández Arenas y el Paseo de Valencia. Se propuso hacer 300 viviendas en la Rochapea, con una inversión de 250.000 pesetas, durante cuatro años para obreros en alquiler. Estas viviendas a los 20 años pasarían a los arrendatarios en calidad de propietarios, pero se volvó a chocar con las «Z. P.»
En esta situación, el alcalde Viñas parecía estar dispuesto a conseguir del Gobierno el acuerdo definitivo y favorable para Pamplona. Se replantea una nueva R.O. en sustitución a la de 1901 y se desplaza durante dos meses a Madrid para pisar todos los despachos. Incluso visita al Rey, a quien le recuerda su promesa de 1902. Consigue una reunión con el Ministro de la Guerra y con el general de Ingenieros (Los Arcos), llegando a un posible acuerdo para el derribo que consistiría en rebajar el precio de compra hasta 1,8 millones de pesetas. Además, el Gobierno consentiría la edificación en terreno mas extenso, alejando de las murallas el comienzo de las «Z. P.», y se mantendría la construcción de un nuevo recinto murado de seguridad como condición sine qua non. El Ayuntamiento debía contestar en dos meses a esta nueva propuesta que finalizaba el 10 de Julio. Viñas se las promete felices, pero ha de enfrentarse al Ayuntamiento y a la opinión ciudadana. La pelota la tenía ahora Pamplona.
Por lo que se refiere a sus compañeros de corporación no lo tenia fácil, en especial por los concejales republicanos Berrio Jiménez y Subiza, ya que los carlistas siempre fueron ensanchistas (¿por derribar las murallas controladas por el ejercito liberal?), pero el proyecto parecía ruinoso.
El periodista Lorenzo Aldava (Miravalles) realizó encuestas entre concejales, exconcejales y comerciantes contribuyentes. El señor Romero opinó que era ruinoso para el Ayuntamiento y recordaba que en Cádiz ocurrió lo mismo, aunque al final no pagaron. Por el contrario, Mariano León opinaba que el derribo era necesario y solidario con el pueblo. Aurelio Berrio sostenía que no se debía pagar porque los terrenos eran de la Ciudad y que el Estado tenía que devolverlos gratis («si quiere venderlos es porque no los necesita», dijo), y además habría que ponerse de acuerdo con los propietarios de las «Z. P.»; Juan Seminario era opuesto al derribo por el coste económico para Pamplona, que ya tenia una deuda de 8 millones de pesetas y eran pocos a pagar contribución Antonio Olaso era pesimista porque el proyecto de ensanche (todavía estaba en pie el de don Daniel IrujoJulian Arteaga) era excesivo y muy costoso. José Martínez Moreno calculaba que de los 219.000 metros cuadrados que vendía el ejercito, solo se utilizaban para viviendas 109.000, y que el resto eran plazas y calles. «En esta condiciones el Ensanche no nos conviene», se repitió una y otra vez. Manuel Izu insistía que «no nos ceden el Ensanche sino que nos lo venden» y su precio no debería sobrepasar el millón de pesetas. Don Joaquín Viñas declara a Miravalles en mayo: «Soy ensanchista entusiasta. Tenemos 53 casas menos que en 1.679, cuando se acabó el recinto amurallado, y tenemos 24.000 habitantes más.»
A pesar de unas y otras opiniones el nuevo compromiso que trajo Viñas de Madrid fue aprobado, si bien Fermín Goñi Eseverri propuso que se convocara una asamblea de ciudadanos en la que al menos hubiera 150 miembros ilustrados, y con conocimiento e interés por la ciudad suficientes como para emitir un dictamen. La asamblea se convocó en el Teatro Gayarre y se remitió a los convocados el proyecto de don Daniel IrujoJulian Arteaga junto con el borrador de la nueva R. O. Fueron convocadas 243 persona y no acudieron más que 129, pero se nombraron dos comisiones para asesorar a las municipales de Fomento y de Hacienda.
El Ayuntamiento debía responder para el 10 de Julio, último día de San Fermín. El 25 de Junio las comisiones nada habían informado y el alcalde don Joaquín Viñas tiró por la calle de en medio y llevó el asunto al Pleno, ya que la responsabilidad era municipal. Se volvieron a presentar los planos de la propuesta de Irujo y se evaluó el coste en 6 millones de pesetas, puesto que no solo había que pagar al Ejercito sino también las urbanizaciones y la compra de terrenos no sólo agrícolas a los propietarios, mayoritariamente agricultores, a un precio justo. Las obras podían tardar veinticuatro años y se construirían 500 viviendas. Finalmente se pidió al Ministerio una prorroga para la decisión definitiva. Esta propuesta se aprobó por dieciséis votos a favor y cinco en contra.
A partir de septiembre surgió una propuesta singular y novedosa: que la operación se hiciera por iniciativa privada de particulares. En efecto, «el conocido hombre de negocios don Ángel Galé Hualde, propuso al Ayuntamiento que como éste no se decidía: 'yo mismo me comprometo a hacerlo sin que os cueste nada'.» A cambio pedía los terrenos y las piedras de las murallas y, si le otorgaban todos los derechos, gestionaría el proyecto y el expediente supervisado por el Ayuntamiento, sin que éste tuviera que pagar nada. Él cedía los terrenos para calles y plazas, y depositaria como aval, el dinero a pagar al Estado.
El Ayuntamiento vio el cielo abierto. Se apresuró a solicitar permiso a la Diputación Provincial y Foral, que no solo accedió sino que cedíó al municipio «la riqueza impositiva de los inmuebles que se hicieran en el Ensanche.» Se acordó también comunicar al Ramo de Guerra que se aceptaba la nueva Real Orden, pero que sería todo gestionado a través del señor Galé. Todo esto se aprobó por unanimidad.
Por su parte, el Ayuntamiento y la Diputación decidieron que el edifico que iba a albergar la exposición Vitícola de 1912 se construyese en Villava, fuera de las «Z. P.», porque tenía que inaugurarse al año siguiente con motivo del 7№ centenario de la Navas de Tolosa.
«En noviembre hubo elecciones municipales y triunfó la candidatura católica quedando el Ayuntamiento con diez carlistas, cuatro integristas y un independiente, don Alfonso Gaztelu, que había sido presentado para que si había cambio de Gobierno, fuera alcalde de la Ciudad» en sustitución de Viñas, como así sucedió mas tarde.
Año 1912
El alcalde Viñas activó sus gestiones. Quería dejar resuelto el asunto mientras el Gobierno fuera liberal progresista y, antes de las elecciones generales, se movió con premura en Madrid porque daba la impresión de que todo podía resolverse. Sin embargo, este iba a ser el año de la decepción. El Ministerio de la Guerra no acepta las rebajas económicas ni la gestión privada del señor Galé. Sigue pidiendo el pago de 1,8 millones a hacer efectivos a partir de que se inicie el derribo; el Ayuntamiento será el único responsable directo y el señor Galé sería un concesionario municipal. Tanto el Ayuntamiento como Galé aceptan y, a partir de entonces, el acuerdo debe convertirse en Ley de Cortes.
Viñas firma con el Estado los planos de Arteaga y el pago de la primera entrega. Viñas esta contento y promete el derribo para San Fermín, con motivo de la venida de Alfonso XIII para los eventos conmemorativos de la batalla de las Navas de Tolosa, pero anuncia que va a venir solo, sin la Reina, y eso mosquea a los pamploneses. Viñas lo justifica porque todavía no han definido los ingenieros militares la línea de guerra y, por tanto, el recinto nuevo murado de seguridad, por lo que no se puede iniciar el derribo. La Ley del derribo se informa en las Cortes el 15 de Junio, contiene 16 artículos y se firma el 15 de Julio de 1912.
Pasan los sanfermines, pasa la conmemoración de la Navas el 16 de Julio, y el Rey, tras inaugurar el Congreso y el edificio Vitícola en Villava (luego Escuela de Peritos Agrícolas y hoy sede de los institutos técnicos de gestión (ITG) de agricultura y ganadera), no menciona el problema capital. A pesar de ello, una nueva R.O de 23 de agosto (Gaceta del 31) pone nuevas dificultades porque, si bien autoriza el derribo, lo condiciona a la construcción del nuevo recinto murado y como garantía de cobrar el derribo se exige un aval sobre los terrenos. El señor Viñas decide impugnarla por estar en contradicción con la Ley recientemente aprobada, mientras la población queda desilusionada.
En el mes de Octubre vuelven las dudas sobre el derribo. El señor Ángel Galé, ante el inicio del replanteo del recinto de seguridad por la comandancia de ingenieros, exige del Ayuntamiento un escritura pública. Ahora duda el Ayuntamiento porque ha surgido una nueva propuesta de construcción de viviendas donde don Lino Irigaray había construido «entre Burlada y Villava una línea de chalets que se parecía a Biarritz.» Había solicitado a la Diputación hacer 100 viviendas sin pegas militares al lado de La Vitícola recién inaugurada. Viñas, por su parte, gestiona con los propietarios del futuro ensanche el precio de compra de los terrenos, pero a precios agrícolas que ellos no aceptan.
Así las cosas el Presidente del Gobierno don José Canalejas es inesperadamente asesinado en Madrid. Se produce de inmediato un cambio de Gobierno que toma ahora un tinte conservador, cesa el alcalde y le sustituye, como estaba previsto, don Alfonso Gaztelu y Maritorena. La conmoción de este suceso paraliza el asunto pamplonés.
Año 1914
En 1914 se renuevan las Cortes y estalla la primera guerra mundial, conflicto que es suficiente para paralizar de nuevo el asunto murado. Sin embargo, la guerra demuestra, una vez más, que las fortificaciones de las ciudades no sirven ya para nada y que sólo sirven para perjudicar el desarrollo de las poblaciones. El Gobierno, consecuente con este enfoque, concede el derribo de las murallas de Jaca. Ya solo queda Pamplona. El concejal Javier Sanz (padre del futuro ministro Fermín Sanz Orrio) propone volver a retomar las gestiones del derribo con el Gobierno y se aprueba la creación de una Comisión compuesta por el alcalde, el propio Sanz y el concejal Negrillos, que mas tarde sucedería a Gaztelu en la alcaldía.
Año 1915
Por parte del Gobierno de don Eduardo Dato, el alcalde y la comisión municipal recogieron, al fin, los frutos del tan deseado derribo de las murallas. Triunfó la razón y se aminoraron sustancialmente las condiciones excesivas de los gobiernos anteriores, muy militaristas. El ejército cedió 218.000 metros cuadrados desde Yanguas y Miranda, junto a la Ciudadela, hasta la Ripa de Beloso por 500.000 pesetas. Había que añadir a esto todos los terrenos particulares de los agricultores para negociar su compra, pero las «zonas polémicas» desaparecían y se suprimía la vana pretensión del recinto murado de seguridad. Una nueva Ley de 7 de Enero de 1915 lo garantizaba. Solo quedaba, pues, derribar las murallas, allanar los fosos, aprobar el nuevo plan urbanístico que se había modificado por el arquitecto municipal don Serapio Esparza y comenzar a construir los particulares.
El comienzo del derribo se fijó para el día de Santiago, 25 de Julio de 1915. Se comenzó por un banquete municipal con eufóricos discursos y brindis, entre ellos el de don Joaquín Beunza, aquel joven concejal que en 1901 hizo el primer alegato de su derribo y que a la sazón era diputado provincial. La corporación se trasladó a la Tribuna instalada en el Baluarte de la Reina que estaba situado detrás de la plaza de toros vieja, mientras la comparsa de gigantes se situaba en el puente de la Puerta de san Nicolás junto a los pamploneses, entre los que se encontraba nuestro cronista Lopezarrra, testigo presencial que entonces tenia 19 años de edad, y cuyo recuerdo lo cuenta así: «A las seis en punto se prendió fuego a la mecha y la explosión voló un trozo del vértice de la muralla y resquebrajó la garita que estaba el fondo, encima del acueducto del agua que llegaba de Subiza.» Después debían seguir las otras piedras, que eran muchas. Pero, ¿para cuando?
Años 1916 a 1918
Podemos recordar al poeta: «pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó y de Flandes no volvía Diego, que a Flandes partió.» En efecto pasaron el verano, el otoño, el invierno y la primavera, y al verano siguiente aún no se había acometido el derribo. El Plan urbanístico de Arteaga, no sin su recurso y pataleo, se había sustituido por el de don Serapio Esparza, de trazo similar en cuadricula. Cayó el Gobierno de Maura, entró el del Marques de Alhucemas, abdicó el Kaiser tras el armisticio de la primera guerra mundial y en Pamplona las murallas seguían igual, con un boquete abierto el año 1915, y sin Ensanche.
En Noviembre de 1918 don Lucio Arrieta, industrial de la ciudad, movió al pueblo y se produjo una manifestación a la que se añadió el Ayuntamiento y la Diputación. Discursos en el EuskalJai y marcha hacia el Gobierno Civil, situado donde el rincón de la Aduana, para trasmitir el malestar porque todavía faltaban las ultimas diligencias y el derribo no acababa de aprobarse por el Gobierno, dejando a Pamplona sin posibilidad de construir el Ensanche. Esto se debía a la exigencia del Estado de formalizar una hipoteca sobre los terrenos del ensanche como garantía del pago municipal. Pero con tal condición nadie quería comprar terrenos con cargas hipotecarias. Hubo que pleitear con el Estado y el Ayuntamiento encargó el asunto a don Francisco Bergamin, conservador, abogado pamplonés y ex Ministro de la Gobernación, que defendió el pleito ante el Supremo sin pasar minuta alguna al Ayuntamiento, motivo por el que se asignó su nombre a una calle del nuevo Ensanche. El alcalde don Javier Arraiza Baleztena, con los concejales don Demetrio Martínez de Azagra y don Manuel Negrillos Goicoechea, gestionaron en Madrid la exención de constituir las hipotecas, consiguiendo al efecto una nueva Real Orden que iba a resolver los desencuentros.
Años 1920 a 1922
Gracias a la nueva Real Orden del Ministerio de la Gobernación de 26 de mayo de 1920 (Gazeta n№ 185 de 3 de Julio, pags. 2830) se aprobó, con conformidad del ramo de Guerra y de Fomento, el nuevo Ensanche salvados ya los temas del precio de las expropiaciones, de los terrenos para el cuartel de Artillería y de las alineaciones de la Avenida de San Ignacio, sin expropiar la Iglesia del Santo. Las murallas, ¡por fin!, cayeron de manera progresiva a partir del día de San Saturnino de 1920. La ceremonia se significó inaugurando la primera piedra del muro de contención del Baluarte de Tejería, sobre el que dos años después se construiría la actual plaza de toros.
Finaliza Lopezarra su relato y sus recuerdos cuando, ya mozo, volvió el diez de agosto de 1921 de unas vacaciones en Asturias. Ese mismo día se quemo la plaza de toros vieja y él partió con su batallón a África. Cuando volvió el 11 de febrero de 1922, «hacía seis días que era concejal, [le habían incluido en la lista carlista estando en la mili] y en los terrenos del Ensanche no había en pie nada mas que el chalet de don Rufino Martinicorena que daba a las calles de Bergamín y Arrieta [actual joyería Rubio] y el inicio de las casas que levantaba don Zósimo Ortiz [padre de don Tarsicio], y se construía la Plaza de Toros. No había solicitudes de construcción.» Parece ser que el Ayuntamiento exigía demasiadas condiciones para construir con orden y decoro, y no de cualquier manera. Por eso, el ensanche nació en realidad en 1922.
Cuando don Francisco López Sanz tomo posesión de concejal, lo primero que propuso fue que se diera a la arteria principal del nuevo ensanche que partía de la Plaza del Castillo, el nombre de Avenida de Carlos III el Noble, en recuerdo del gran Rey, señalando que al año siguiente se conmemoraba la unión de los Burgos, ordenada en 1423
Así se hizo y hoy, tras la peatonalización llevada a cabo recientemente, constituye una de las arterias más vistosas y agradables de la ciudad.