Artículo del número 36

Los habitantes de la fachada de la catedral pamplonesa: campaneros y conjuradores

El campanero

El campanero ha sido durante siglos un componente indispensable del personal de la catedral. Por la sujeción de su venerable oficio, vivía, con su familia, en la misma catedral. Antiguamente tuvo su vivienda en la torre izquierda de la vieja fachada, la torre de las campanas. La otra torre acogía el archivo y también las habitaciones de invierno de la casa prioral e incluso debía servir de almacén, pues en 1741, cuando el cabildo acordó hacer un nuevo monumento para Jueves Santo, determinó que el sitio que ocupaba el viejo o parte de él en la torre del archivo se compusiese para poner el nuevo y que los despojos del antiguo se llevasen donde estaban los gigantes. El cuarto de los gigantes estaba junto al dormitorio bajo de los canónigos, en el claustro, entrando por la puerta Preciosa.

En tiempos del obispo Camargo y Angulo, los años veinte del XVIII, el cabildo encargó a José de Goyeneche, cantero, que hiciera una chimenea en la torre campanario para que el campanero que allí habitaba pudiera hacer fuego. En 1780, cuando faltaba muy poco para que se iniciasen las obras de la nueva fachada, Manuel de Larrondo, maestro albañil, revisó la bóveda y tejado de la capilla de San Juan Bautista, situada al pie de la torre, porque a su juicio el tejado amenazaba ruina por las aguas mayores y menores que vertía el campanero y era necesario hacer un desagüe para canalizar las aguas sucias y las de la fregadera de la vivienda.

No se sabe mucho de aquella antigua fachada de fábrica esencialmente románica; una fachada que no estaba a la altura de la elegancia austera del gótico del templo. El obispo Miranda y Argaiz a mediados del siglo XVIII ya estaba empeñado en sustituirla por una nueva con más empaque, quizás recogiendo aspiraciones anteriores del cabildo o de otros obispos. Sin embargo las obras se retrasaron, por la existencia de otras necesidades, hasta los afios ochenta y noventa de aquella centuria.

El padre Alesón, en los Anales, es tal vez el único que habla algo de aquella fachada y lo hace de una forma muy breve y parca, diciendo que lo único que destaca en ella es su antigüedad. Un plano de 1767 que se conserva en el archivo municipal de Pamplona nos muestra con suficiente nitidez y credibilidad el aspecto de aquella robusta torre campanario. A simple vista recuerda a la actual torre mayor de San Cernin, sólo que más corpulenta. El pétreo y austero prisma de la torre catedralicia aparece coronado por un chapitel ochavado de ladrillo, evidentemente más moderno, semejante a otros existentes en la ciudad, que también aparecen en el delicioso dibujo que recorre los pies del citado plano: los dos de San Cernin y el de la Virgen del Camino, San Nicolás, San Lorenzo y el de la capilla de San Fermín… Más bien habría que decir —o al menos me atrevo a decirlo— que el de la catedral pudo servir de modelo para los demás y para otras iglesias de la zona media de Navarra.

En 1756, una vez más fue preciso arreglar el chapitel, cuenta José Goñi Gaztambide en la Historia de los Obispos. Como las planchas de plomo se estropean pronto, se siguió el ejemplo de la de Zaragoza y se sustituyó el emplomado por 1.895 piezas de pizarra traídas desde Atienza, sostenidas por sesenta barras de hierro.

Al levantarse la nueva fachada, el cabildo tuvo muy en cuenta la casa del campanero y mandó construir para él una espaciosa vivienda de tres plantas entre la nueva torre de la derecha, es decir, la del reloj de sol, y la capilla de Santa Catalina. Las campanas se distribuyeron entre las dos torres, creándose, sin duda, una nueva estética en sus variados toques.

El campanero tenía acceso directo, desde su vivienda, al cubo, al espacio interior de esta torre por donde bajan las cuerdas de las campanas. Una de las siete campanas de este campanario, la cimbalilla, la más pequeña, la del signo que se llamaba antiguamente, echaba su cuerda por el exterior y entraba por el tejado hasta la cocina. Junto a la cocina hay una estancia con una pequeñísima ventana que da al interior del templo, no sólo a Santa Catalina, sino hasta el mismo presbiterio. Muchos ratos tenía que pasar alguno de la familia, agachado debajo del arco gótico, escuchando lo que se estaba celebrando en el coro o en el altar para, en el momento preciso, correr a la cocina y dar la señal a los campaneros que estaban en la otra torre, la de la campana María, y antes más, también a los de esta otra, pues hasta mediados del siglo XX estas campanas de la derecha se volteaban. No existían los móviles ni los toques mecánicos, pero la comunicación era escrupulosamente precisa.

La casa, desde muy antiguo, tenía «portero automático», o sea una cuerda que bajaba desde la cocina, situada en lo más alto, hasta el cerrojo de la puerta de la calle. Todavía se conserva; «el más antiguo de la ciudad...», dicen los campaneros actuales con cierta guasa.

El último campanero, en este caso campanera, que habitó la vivienda fue Petra Díez Reguero, viuda de Pedro Zozaya Nuin, también campanero oficial de la catedral. Con ellos vivía y tocaba las campanas la madre de Petra, doña Romana y otra mujer que Petra, siempre tan generosa con todo el mundo a pesar de su mal genio aparente, acogió en la familia. Estas mujeres se encargaban de los toques de diario, todos los días del año: las tres oraciones del día, a coro, las agonías, que en los años cuarenta, cincuenta o sesenta todavía se tocaban para todas las parroquias, distinguiéndose por unas campanadas al final: una para San Juan Bautista, la parroquia de la catedral, dos para San Cernin, tres para San Nicolás…, los funerales, que tenían diferentes categorías: de segunda, la tercerola, de parvulico, etc... Entre el Gloria de Jueves Santo y el de Sábado Santo subían al campanario a tocar la enorme carraca, para las oraciones, el coro o los oficios.

En las fiestas de seis y cuatro capas se tocaba la campana María. Ahí ya tenía que estar Zozaya. Cuando había agonía y funeral con campana María, Pedro tenía que pedir permiso en el trabajo. No había más remedio. En esas ocasiones, mientras se estaba en vela, desde el toque del alba hasta la oración de la noche, se daba una campanada con la María cada cuarto de hora. Ya está dicho todo. El día del Corpus, Zozaya ya no podía con tanto ajetreo, por lo que también subían a tocar unos cuantos amigos bien almorzados en la casa (Yárnoz, Donézar, Molinero, Sarriguren, Leoz...). Al morir Pedro Zozaya, a principios de los setenta, se encargó de la campana María, a petición de Petra, un querido y castizo vecino de la calle Navarrería: Moisés Albéniz, un auténtico maestro.

En 1978, «La Petra» ya no podía más y el cabildo al año siguiente tuvo que poner motores a tres campanas de la torre sur, para tocar lo más imprescindible. La cuadrilla, el día del Corpus, siguió almorzando en la casa y tocando la campana María ese día y también el de San Fermín o para la Misa del Gallo. Doña Petra habitó en su casa de Ventura Rodríguez y de Ochandátegui hasta las obras de 1992.

A lo largo de estos diez últimos años los Amigos de la Catedral han ido recuperando todos los toques de todas las campanas y de todas las fiestas en que se tienen que tocar.

 

El conjurador

Pero no solamente eran los campaneros los únicos habitantes de semejante instrumento musical que es la fachada de la catedral. También estaba allí desde la Cruz de Mayo hasta la de Septiembre el conjurador, un verdadero «hombre del tiempo» de otros tiempos, un oficio eclesiástico hoy totalmente olvidado.

De hecho la costumbre de conjurar a las tormentas desde el campanario o desde un alto balcón contruido al efecto —el llamado conjuratorio— era una práctica habitual, como lo demuestra la presencia del citado balcón en numerosas parroquias rurales.

El día tres de mayo se subían con solemnidad las reliquias a la torre y se bajaban el catorce de septiembre. A partir de entonces, en cuanto amenazaban en el horizonte los oscuros nubarrones o aparecía la langosta de los trigos o el gusano de las viñas, el conjurador, que disponía de un cuarto en la escalera de caracol a mitad de la torre, junto a la vivienda del campanero, realizaba el toque propio y con estola y crucifijo en mano oraba firmemente desde lo alto:

«¡Maligno Satanás!, ¿Aún te mantienes firme en tu obstinación?

Por mandato de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por los méritos de la Sangre de Cristo, te ordeno que de inmediato y sin excusa alguna, salgas rápidamente, junto con tu familia y secuaces, de estas tierras nuestras y te precipites en el abismo para ti preparado, sin causar daño a los frutos de nuestros árboles, viñas, campos o cualquier criatura puesta para servicio del hombre.

Amén, amén, amén Jesús.

Esta es la cruz del Señor, ¡huid todos los adversarios!»

Conocemos a uno de aquellos conjuradores por la orden de 1727, en la que el cabildo dispuso que «A José de Irurita, capellán del coro mayor de la catedral, que sirve de conjurador en la torre, por si hubiera nublados de noche, para que pueda tocar las campanas y señal, se le diese llave de la puerta principal de la santa iglesia, además de la otra que ya tenía, a condición de que las dos llaves, pasado el tiempo de nublados y cuando se bajan las reliquias, las entregue al síndico y estén en su custodia hasta que vuelva al año siguiente a subirse las reliquias y que sólo utilice las llaves para conjurar y no para entrar de noche a la iglesia, al mismo tiempo que otras precauciones para evitar un posible hurto».

El conjurador velaba, desde nuestra catedral, por el mayor de los intereses de aquella población agrícola de Pamplona y su Cuenca: las cosechas.

 

Jesús Pomares Esparza

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